La victoria de Ollanta Humala en la elección de hoy en el Perú, es noticia grave y preocupante para toda la subregión que integra el Continente Sur. Pero también lo es para toda la Humanidad, pues la amenaza consiste en que comienza a fortalecerse el plan, que Fidel Castro concibiera, de desatar un conflicto mundial bi-hemisférico, idea que nació en la mente de este personaje --que se diría odia al ser humano-- a raíz del fracaso militar norteamericano en la guerra con el Viet-Nam. Entonces concibió la idea, pero ésta se concretó, como proyecto, cuando se derrumbó el Imperio Soviético, hecho simbolizado por la caída del Muro de Berlín.
En efecto, al realizar el tirano de la hermosa isla caribeña que se derrumbó la URSS, su sostén ideológico, político y sobre todo económico, su cerebro seguramente comenzó a trabajar intensamente para concebir el modo de mantener intacto su opresivo dominio sobre Cuba, lo que, necesariamente, tenía que conducirle a buscar la manera de neutralizar al odiado “imperio”, acariciando mentalmente la fantasía de su destrucción.
Fue, precisamente, el fracaso de los Estados Unidos en Viet-Nam lo que inspiró a Castro o a Ernesto Guevara --o a ambos-- el proyecto llamado de “la media luna”, ideado para provocar contra Estados Unidos una guerra semejante a la de Viet-Nam, la cual habría de nacer en las zonas selváticas que, desde Bolivia, describen un círculo al este del Perú y Ecuador, el sureste de Colombia, el sur de Venezuela y el norte del Brasil (de allí el nombre de la “media luna”). El supuesto equivocado fue que los pobres, que habitaban en todo ese territorio, generarían una conflictividad subversiva, tal, que amenazaría la potencia militar del norte, la cual se vería confrontada no por un viet-nam, sino por “dos, tres, cinco, diez viet-nam”. ¿Has oído ese dicho en alguna parte, amigo lector? El resultado del proyecto fue el fracaso, lo sabemos. El Che Guevara no obtuvo apoyo mayor a una puñada de campesinos en la selva boliviana: descubierto o traicionado --no hay constancia histórica, por ahora-- Guevara murió cuando iba a ser capturado en el sitio donde estaba su lugar de operaciones.
Pero el derrumbe de la Unión Soviética y sus consecuencias para el régimen de Cuba, sirvieron para renovar en la cabeza de Castro la idea de intentar de nuevo el ensayo fracasado de la “media luna”, pero modificado: la zona preferencial del nuevo proyecto sería, esta vez, la del norte de Sudamérica: Colombia, cuyas guerrillas lo favorecerían si tomaban el poder; Brasil, cuyo enorme Norte, miserable y rebelde, sería un apoyo indispensable y… Venezuela, cuyas Fuerzas Armadas en la década de los 60 habían derrotado la subversión interna alimentada desde Cuba, así como los intentos de invasión, ambos urdidos por su régimen comunista. Además, la captura comunista de Venezuela significaba mucho dinero; el dinero de nuestro petróleo.
En 1990 se constituyó una organización fundamental como apoyo del “Proyecto” : El Foro de Sao Paolo. Con habilidad se constituyó el Foro, que contó con el apoyo de Lula, el radical líder del Partido de los Trabajadores (su mano derecha, Amorín, lo presidiría) y los más radicales movimientos de la izquierda continental, pero bien disimulados por la concurrencia de partidos moderados que se afiliaron al FSP. La izquierda marxista venezolana fue representada por Pablo Medina. Cuando Chávez quedó libre comenzó a participar en las reuniones anuales del Foro, pero ya había establecido contacto con lideres del radicalismo mundial, en particular con los del Medio Oriente: Saddad Husseim, Ghedaffi y otros.
La conspiración militar que inició el radicalismo comunista en Venezuela desde los años 70, tomó giros desconocidos por muchos de sus integrantes: sólo Chávez y los suyos muy cercanos conocían sus alcances. Tomar el poder significaba, para éstos pocos, poner en marcha el proyecto de Fidel Castro: los proventos del petróleo permitirían financiar el plan y facilitaría la captura de gobiernos en otros países; las guerrillas colombianas serían factores de la mayor importancia. El ascenso a la Presidencia de la República de Venezuela en 1999 fue el verdadero inicio del funcionamiento del Proyecto de Castro.
Después, todo se fue facilitando: Lula alcanzó la Presidencia en Brasil; después fue lo mismo en Bolivia y en Ecuador. Más luego, Ortega volvió en Nicaragua. Muchos venezolanos se preguntaron y se preguntan ¿por qué Chávez desatiende las necesidades de los venezolanos y dedica tanto dinero a favorecer otros países latinoamericanos y fuera del Continente?; ¿Por qué nuestro país ha llegado a la ruinosa situación del presente y nada se invierte acá, pero se envían cantidades enormes del dinero (nos entró más de un millón de millones de dólares) a otros países? ¡Para alimentar y fortalecer el Proyecto!
Amigos: el Proyecto castrista avanza aceleradamente. No logró, por poco, capturar a México pese al apoyo que le dio Chávez a López Obrador; en Uruguay, Tabaré Vásquez lo esquivó; lo mismo le ocurrió en El Salvador y, en Honduras, la destitución de Zelaya fue un duro golpe que están en vías de reparar; la democrática Presidente Bachelet no le dio entrada en Chile, pero la complicidad, más por corrupción que por compromiso, de los Kitchner ha sido políticamente útil. Pero, ahora, la victoria de Humala en el Perú, país hermano que va a sufrir una situación semejante o peor que la nuestra, implica un cambio trágico a favor del Proyecto.
Por lo pronto, geográficamente, Chile queda rodeado por la Argentina de Kitchner, Bolivia de Evo y el Perú de Humala; Colombia, rodeada de una Venezuela chavista, el Ecuador de Correa y el Perú de Humala. Brasil, que es una Nación descentralizada, de instituciones políticas muy sólidas y Fuerzas Armadas muy fuertes, no es manipulable, lo que impidió a Lula participar activamente, así como será seguramente para la actual Presidente, pero la situación en la Sub-Región se va a hacer muy delicada.
Los vínculos con los países del Medio Oriente, especialmente con Irán, son muy amenazadores. Los grupos irregulares y muy radicales de esas proveniencias se han instalado en la Región. Las alianzas y compromisos con ellos son muy graves y delicados. La intención del proyecto castrista, en su expresión culminante, tiende a desatar una guerra bi-hemisférica. Pero que lamentable es ver que, mientras los pueblos oprimidos de esa Región luchan y se sacrifican por lograr su libertad, los de la nuestra se hunden más, engañados por el mito comunista.
La infección procede de Cuba, pero el vector transmisor del mal es el régimen de Venezuela. Nuestro compromiso, por tanto, es con Venezuela, con toda la Región y con el mundo todo: No nos podemos dar el “lujo” de ser irresponsablemente indiferentes o apáticos. Tenemos que salir de esto: Es esa nuestra gran responsabilidad en la hora presente.
CADA DÍA QUE PASA ES UN DÍA GANADO EN EL PAVOROSO PLAN.
domingo, 5 de junio de 2011
lunes, 16 de mayo de 2011
REFLEXIÓN SOBRE EL CONFLICTO CONSTITUCIONAL LATINOAMERICANO
A propósito del brillante artículo de Virginia Contreras.
Para mejor entender la actual crisis político-institucional que vive Venezuela, es muy importante el tener presente la relación, casi siempre problemática, que, en los países de la Comunidad Ibero-americana, ha existido entre Constitución y gobierno. Esto implica, necesariamente, dejar de lado la mera consideración del texto constitucional como análisis de las realizaciones históricas del Estado, para ir a alcanzar el conocimiento de aquellas realizaciones concretas, aunque inconstitucionales, con base en las cuales ha sido posible --bajo una suerte de especial y sui generis “derecho consuetudinario”-- un cierto grado de funcionamiento y consolidación de expresiones reales del Estado, tanto en Venezuela como en el sub-continente.
Como la forma o estructura de la Constitución era resultado de su diseño, su vida y muerte iban a depender, como lo expresó Luis Castro Leiva, de “las peculiares pasiones” que desatara la vida política de cada Nación. Por eso, bien apuntó el mismo Castro Leiva, los actores políticos gran-colombianos, más allá de sus roles e inclinaciones partidarias, iban a identificar “principios” con sus particulares intereses. Es la negativa significación, en términos históricos, de la tragedia republicana en que derivó entre nosotros aquella cínica expresión “la Constitución sirve para todo” de José Tadeo Monagas.
Por ello, ninguna de las quince constituciones posteriores a la de 1830, lo fueron en sentido verdadero, pues no introdujeron –-ni pretendían hacerlo-- cambios que modificaran el sistema político, sino simples sustituciones de intereses personales de anteriores gobernantes por los de otros nuevos, con iguales vicios, deformaciones y comportamientos.
El problema de fondo consiste en la forma de existencia real del Estado constitucional. En América Latina --como ocurre también en España y Portugal-- se ha presentado entre el Ejecutivo, entendido como “el gobierno” --heredero de toda la tradición del absolutismo autoritario de las Metrópolis-- y el Parlamento o Congreso --que es una institución relativamente reciente-- una recurrente contraposición histórica. Eso se reveló en nuestra primera Constitución que quiso neutralizar la posibilidad de que, en la nueva República, predominara sobre el Parlamento un Ejecutivo fuerte, cuya reacción opuesta la tipifica, precisamente, José Tadeo Monagas, pero la encontramos en el Discurso de Angostura, en el que el Libertador propone al Congreso el establecer ese Ejecutivo fuerte.
En la base de este conflicto está el que –desde tiempos de España-- se ha pretendido atribuir al gobierno el objetivo de “hacer con eficacia”, mientras que de la función contralora del Parlamento se haya dicho que pareciera entorpecer tal objetivo.
Pero el legítimo funcionamiento del Estado constitucional invoca la existencia de un régimen de gobierno que puede definirse como el funcionamiento real del par gobierno–parlamento sobre el que debe descansar el régimen, conforme al principio clásico de la división de poderes. Cuando tal par existe, es porque el gobierno ejecuta y, al mismo tiempo, se realiza la doble función legisladora y contralora del Parlamento. La doctrina aplicada, especialmente en el derecho constitucional de los países iberoamericanos, hace de la función de legislar tarea muy principal de gobierno, por la que el Parlamento también concurre al gobierno. Además, según la tradición del derecho constitucional castellano y portugués heredada en América, correspondería al Parlamento regular y controlar la gestión gubernativa mediante el establecimiento de límites para el ejercicio de la autoridad, a la vez que debe sancionar las eventuales violaciones a la Constitución y Leyes de la República.
La historia de los Estados iberoamericanos muestra patentemente cómo, tanto en el Nuevo Mundo como en la Península, neutralizar o eliminar al Parlamento resultó muy fácil a gobiernos apoyados en una tradición absolutista, incoada en la mayoría de una población que prefiere gobiernos fuertes, realizadores y distribuidores de beneficios concretos. Eso no es de sorprender: ha sido siempre así. Tan ello es siempre así que, cada vez que se ha producido en estos países el derrumbe del Estado constitucional, la primera manifestación de tal hecho ha sido, normalmente, la disolución fáctica o de hecho del Parlamento.
En Venezuela, en estos tiempos, está ocurriendo similar fenómeno bajo la figura de absorción, pues el Parlamento ha sido “absorbido”, más que por el Poder Ejecutivo, por la insaciable sed de poder que es la persona del Jefe del Estado y Presidente de la República, en una clásica y ejemplar expresión del fenómeno totalitario. Es este, sin duda, el camino que el actual gobierno encontró más fácil para alcanzar sus objetivos: tomar todo el poder en Venezuela, por mano de una Asamblea Constituyente absolutamente controlada por el Ejecutivo. Tal Asamblea se hizo carente de legitimidad constitucional al haber sido convocada, en 1999, mediante referendo consultivo, fórmula no prevista en la Constitución de 1961. Para tal referendo, absurdamente convocado y sin quorum mínimo prefijado, sólo concurrió a las urnas el 33% del universo electoral. El voto aprobatorio (el sí) fue del 88% por lo que la aceptación real fue del 29,04%. Posteriormente, para la elección de los representantes miembros de la Asamblea Nacional Constituyente, la concurrencia fue del 49%, de la que los partidos del gobierno obtuvieron el 54% y los de la oposición el 43%; es decir, que la ANC, para cuya elección el gobierno alcanzó, mediante un artificio loterías, una representación superior al 90% con sólo el 54% de los votos (gracias ese mecanismo electoral sui generis que lo favoreció), siendo que, en la elección, los grupos políticos del oficialismo apenas obtuvieron menos del 27% como proporción del electorado total.
Entonces, se debe tener muy claro que solamente van a existir etapas de funcionamiento y consolidación del Estado constitucional en Venezuela y en la mayoría de los países del subcontinente, cuando haya sido posible conciliar la permanencia de gobiernos realmente eficaces en su función de gobernar con el cumplimiento, por parte de un Parlamento verdaderamente autónomo, de sus funciones contralora y legisladora.
Si bien es cierto que de ninguna Ley, obra de la racionalidad y de la libertad humana, puede pretenderse ilimitada durabilidad, también lo es que toda Ley tiene como fundamento absoluto la convivencia, cuya permanencia es indispensable. Cierto es también que esa permanencia está limitada por la naturaleza dinámica de la Sociedad, dinamismo que según el paso del tiempo cambia y, de hecho, modifica las condiciones necesarias para la convivencia y, por tanto, toda Ley humana está sujeta al cambio. Pero eso no significa que deje de ser externa a la voluntad y subjetividad de las personas, pues toda Ley tiene fundamento en un orden objetivo, es decir, exterior a las personas. De manera que la Ley, en medio de sus cambios, posee intangibilidad inseparable de su naturaleza como Ley.
Si se piensa que la Ley tiene su fundamento en la voluntas personae, quien detenta Poder hará de ella expresión de su propio y subjetivo interés, lo que conducirá inevitablemente a la tiranía, pues el interés del tirano se sintetiza en la voluntad de dominio.
Tales características se agravan en Venezuela por la condicionante económica caracteriza nuestro capitalismo rentístico, derivado de nuestra dependencia del petróleo, cuyo propietario único es el Estado. Esta condición, de desproporcionado gigantismo, aumenta considerablemente el poder del gobierno central el cual, fácilmente, puede someter totalitariamente bajo su designio a todas las instituciones públicas y privadas que, directa o indirectamente le son dependientes.
Para mejor entender la actual crisis político-institucional que vive Venezuela, es muy importante el tener presente la relación, casi siempre problemática, que, en los países de la Comunidad Ibero-americana, ha existido entre Constitución y gobierno. Esto implica, necesariamente, dejar de lado la mera consideración del texto constitucional como análisis de las realizaciones históricas del Estado, para ir a alcanzar el conocimiento de aquellas realizaciones concretas, aunque inconstitucionales, con base en las cuales ha sido posible --bajo una suerte de especial y sui generis “derecho consuetudinario”-- un cierto grado de funcionamiento y consolidación de expresiones reales del Estado, tanto en Venezuela como en el sub-continente.
Como la forma o estructura de la Constitución era resultado de su diseño, su vida y muerte iban a depender, como lo expresó Luis Castro Leiva, de “las peculiares pasiones” que desatara la vida política de cada Nación. Por eso, bien apuntó el mismo Castro Leiva, los actores políticos gran-colombianos, más allá de sus roles e inclinaciones partidarias, iban a identificar “principios” con sus particulares intereses. Es la negativa significación, en términos históricos, de la tragedia republicana en que derivó entre nosotros aquella cínica expresión “la Constitución sirve para todo” de José Tadeo Monagas.
Por ello, ninguna de las quince constituciones posteriores a la de 1830, lo fueron en sentido verdadero, pues no introdujeron –-ni pretendían hacerlo-- cambios que modificaran el sistema político, sino simples sustituciones de intereses personales de anteriores gobernantes por los de otros nuevos, con iguales vicios, deformaciones y comportamientos.
El problema de fondo consiste en la forma de existencia real del Estado constitucional. En América Latina --como ocurre también en España y Portugal-- se ha presentado entre el Ejecutivo, entendido como “el gobierno” --heredero de toda la tradición del absolutismo autoritario de las Metrópolis-- y el Parlamento o Congreso --que es una institución relativamente reciente-- una recurrente contraposición histórica. Eso se reveló en nuestra primera Constitución que quiso neutralizar la posibilidad de que, en la nueva República, predominara sobre el Parlamento un Ejecutivo fuerte, cuya reacción opuesta la tipifica, precisamente, José Tadeo Monagas, pero la encontramos en el Discurso de Angostura, en el que el Libertador propone al Congreso el establecer ese Ejecutivo fuerte.
En la base de este conflicto está el que –desde tiempos de España-- se ha pretendido atribuir al gobierno el objetivo de “hacer con eficacia”, mientras que de la función contralora del Parlamento se haya dicho que pareciera entorpecer tal objetivo.
Pero el legítimo funcionamiento del Estado constitucional invoca la existencia de un régimen de gobierno que puede definirse como el funcionamiento real del par gobierno–parlamento sobre el que debe descansar el régimen, conforme al principio clásico de la división de poderes. Cuando tal par existe, es porque el gobierno ejecuta y, al mismo tiempo, se realiza la doble función legisladora y contralora del Parlamento. La doctrina aplicada, especialmente en el derecho constitucional de los países iberoamericanos, hace de la función de legislar tarea muy principal de gobierno, por la que el Parlamento también concurre al gobierno. Además, según la tradición del derecho constitucional castellano y portugués heredada en América, correspondería al Parlamento regular y controlar la gestión gubernativa mediante el establecimiento de límites para el ejercicio de la autoridad, a la vez que debe sancionar las eventuales violaciones a la Constitución y Leyes de la República.
La historia de los Estados iberoamericanos muestra patentemente cómo, tanto en el Nuevo Mundo como en la Península, neutralizar o eliminar al Parlamento resultó muy fácil a gobiernos apoyados en una tradición absolutista, incoada en la mayoría de una población que prefiere gobiernos fuertes, realizadores y distribuidores de beneficios concretos. Eso no es de sorprender: ha sido siempre así. Tan ello es siempre así que, cada vez que se ha producido en estos países el derrumbe del Estado constitucional, la primera manifestación de tal hecho ha sido, normalmente, la disolución fáctica o de hecho del Parlamento.
En Venezuela, en estos tiempos, está ocurriendo similar fenómeno bajo la figura de absorción, pues el Parlamento ha sido “absorbido”, más que por el Poder Ejecutivo, por la insaciable sed de poder que es la persona del Jefe del Estado y Presidente de la República, en una clásica y ejemplar expresión del fenómeno totalitario. Es este, sin duda, el camino que el actual gobierno encontró más fácil para alcanzar sus objetivos: tomar todo el poder en Venezuela, por mano de una Asamblea Constituyente absolutamente controlada por el Ejecutivo. Tal Asamblea se hizo carente de legitimidad constitucional al haber sido convocada, en 1999, mediante referendo consultivo, fórmula no prevista en la Constitución de 1961. Para tal referendo, absurdamente convocado y sin quorum mínimo prefijado, sólo concurrió a las urnas el 33% del universo electoral. El voto aprobatorio (el sí) fue del 88% por lo que la aceptación real fue del 29,04%. Posteriormente, para la elección de los representantes miembros de la Asamblea Nacional Constituyente, la concurrencia fue del 49%, de la que los partidos del gobierno obtuvieron el 54% y los de la oposición el 43%; es decir, que la ANC, para cuya elección el gobierno alcanzó, mediante un artificio loterías, una representación superior al 90% con sólo el 54% de los votos (gracias ese mecanismo electoral sui generis que lo favoreció), siendo que, en la elección, los grupos políticos del oficialismo apenas obtuvieron menos del 27% como proporción del electorado total.
Entonces, se debe tener muy claro que solamente van a existir etapas de funcionamiento y consolidación del Estado constitucional en Venezuela y en la mayoría de los países del subcontinente, cuando haya sido posible conciliar la permanencia de gobiernos realmente eficaces en su función de gobernar con el cumplimiento, por parte de un Parlamento verdaderamente autónomo, de sus funciones contralora y legisladora.
Si bien es cierto que de ninguna Ley, obra de la racionalidad y de la libertad humana, puede pretenderse ilimitada durabilidad, también lo es que toda Ley tiene como fundamento absoluto la convivencia, cuya permanencia es indispensable. Cierto es también que esa permanencia está limitada por la naturaleza dinámica de la Sociedad, dinamismo que según el paso del tiempo cambia y, de hecho, modifica las condiciones necesarias para la convivencia y, por tanto, toda Ley humana está sujeta al cambio. Pero eso no significa que deje de ser externa a la voluntad y subjetividad de las personas, pues toda Ley tiene fundamento en un orden objetivo, es decir, exterior a las personas. De manera que la Ley, en medio de sus cambios, posee intangibilidad inseparable de su naturaleza como Ley.
Si se piensa que la Ley tiene su fundamento en la voluntas personae, quien detenta Poder hará de ella expresión de su propio y subjetivo interés, lo que conducirá inevitablemente a la tiranía, pues el interés del tirano se sintetiza en la voluntad de dominio.
Tales características se agravan en Venezuela por la condicionante económica caracteriza nuestro capitalismo rentístico, derivado de nuestra dependencia del petróleo, cuyo propietario único es el Estado. Esta condición, de desproporcionado gigantismo, aumenta considerablemente el poder del gobierno central el cual, fácilmente, puede someter totalitariamente bajo su designio a todas las instituciones públicas y privadas que, directa o indirectamente le son dependientes.
lunes, 10 de enero de 2011
SE IMPONE LA CORDURA
SEGUIMOS BAJO EL RÉGIMEN PANÓPTICO.
Pedro Paúl Bello
Leo “Comunidad”, título de un libro de Zygmunt Bauman. Es un muy interesante y rico ensayo sobre esa realidad humana de profundas raíces en el pasado que, a despecho de haber sido segadas para y por el desarrollo, siempre reverdecen sea con utópicas o con esperanzadoras proyecciones.
Un párrafo me distrae de la lectura para devolverme a esta Venezuela que nos hace insomnes: “El modelo panóptico de poder ata a los subordinados al lugar en el que pueden ser vigilados e instantáneamente castigados por cualquier quebrantamiento de la rutina. Pero también ata a sus vigilantes al lugar desde el que tienen que llevar a cabo su vigilancia y preciso castigo...Pasó algún tiempo antes de que ambas partes aprendieran la verdad a través de muchos errores y ensayos. Pero una vez aprendida, la incomodidad y el elevado y creciente coste del poder panóptico (y, más en general, de la dominación a-través-de-la-vinculación) se hicieron evidentes”.
Aclaremos que “panóptico”, según el diccionario de la RAE, viene del griego pan (παν) que significa todo y de óptikos (όπτϊϫός), y es aquella situación por la cual algo cerrado en su interior pueda verse desde un punto situado fuera, es decir, en su exterior.
Pienso, entonces, que “el proyecto” que nos amenaza pretende someternos panópticamente. Todos los totalitarismos son, en cierta o mucha forma, panópticos, tal como lo son las cárceles, donde los prisioneros están permanentemente bajo la mirada vigilante de sus guardianes, quienes toman cuidadosa nota de cualquier acto o gesto que se aparte de una rigurosa rutina impuesta.
Continúo mi lectura pero, a poco tiempo.... otra vez Venezuela. Prosigue el autor: “Un matrimonio en el que ambas partes saben que estarán atadas la una a la otra durante un largo futuro y que ninguna de ellas es libre de deshacer es, necesariamente, un lugar de conflicto perpetuo. Las probabilidades de que ambas partes opinen de igual forma sobre todos los asuntos que en un futuro impredecible puedan surgir, son tan escasas como la probabilidad de que una de ellas ceda en todos los asuntos a la voluntad de la otra sin intentar nunca mejorar su posición. Por tanto habrá numerosas confrontaciones, batallas declaradas e incursiones guerrilleras. Sin embargo, las acciones bélicas sólo llevarán al desgaste definitivo de una o ambas partes en casos extremos: la conciencia de que tal desgaste puede producirse y la preferencia por evitarlo será, con toda probabilidad, suficiente para cortar la cadena ‘cismogénica’ (que genera separación, cisma) justo antes de que ocurra lo irreparable (‘como estamos obligados a permanecer juntos, ocurra lo que ocurra, hagamos soportable nuestra convivencia”) [subrayado mío]. Por tanto, al lado de la guerra intestina habrá largos períodos de tregua y, entre ellas, rondas de regateo y negociación. Y se producirán reiterados intentos de lograr un compromiso sobre la base de un conjunto compartido de normas aceptables por todos”.
Nuestro autor está hablando de otra cosa pero ¿cómo evitar que párrafos como éste lo precipiten a uno en la reflexión sobre la crisis que nos satura y agota?
¿Cuál será el fondo de lo que ocurre en la verdadero profundidad de las relaciones oposición-gobierno, es decir, Mesa Democrática y voceros autorizados o no del chavismo? ¿Se está diseñando una suerte de “modus vivendi”? ¿Están las partes atadas durante un futuro que es relativamente largo? ¿Qué es lo que puede haberlas atado? ¿Temor? ¿A qué? ¿A un enemigo común? ¿Cuál? ¿El pueblo que parece manifestar su rechazo hacia ambas? ¿Los militares? ¿Cuáles? ¿Revisión de hechos pasados que puedan amenazarlas por igual con sanciones? ¿Intervenciones de la OEA o de la comunidad internacional? ¿Pactos bajo la mesa por parte de algunos actores con voz cantante? ¿Intereses crematísticos comunes? ¿Cuán largo puede ser “un largo futuro” relativo mayor que el ya experimentado? ¿Hasta el 2012 y luego veremos? ¿Quién o quiénes son los actores interesados?
Ocurren cosas sorprendentes, por decir lo menos. ¿Quién podría haber esperado el pasado 20 de agosto de 2004, con el Referéndum Revocatorio Presidencial, cuando el país se sintió defraudado, pues no se produjo alguna reacción contundente por parte de la entonces dirección formal de la oposición? ¿Nada? ¡Nada! ¿Cómo fue posible, entonces, que no se organizaran de inmediato protestas masivas contra los abusos de un CNE contra millones de venezolanos en las diversas situaciones que de manera semejante hemos vivido? ¿Nada? ¡Nada!
Y no solo eso: Abundan ilegales prisiones de tantos venezolanos injustamente detenidos y ¡nada! Con el horrendo atropello que padeció la gente del petróleo ¡nada! Con la absolución para los “pistoleros de Llaguno, también ¡nada! Con la entrega de los recursos económicos del país a otros regímenes forajidos, ¡nada! Con las absurdas confiscaciones, que a cada momento ocurren, mal llamadas expropiaciones ¡nada!
Ha habido, durante este ya largo proceso “numerosas confrontaciones, batallas declaradas e incursiones”. También, podemos constatar la existencia de “períodos de tregua y, entre ellas, rondas de regateo y negociación”. Podemos igualmente preguntarnos: ¿habrá, entonces “un compromiso sobre la base de un conjunto compartido de normas aceptables por todos”? ¿Se hará con exclusión del soberano y de los supremos intereses de Venezuela que éste encarna? ¡El país puede desbordar la dirigencia auto-designada!
¿Cuál va a ser, entonces, el límite de la TOLERANCIA que bien podría calificarse de indolencia o de irresponsable complicidad?
Es menester actuar decididamente. Tengo la convicción de que se está jugando con fuego y arriesgando no ya la propiedad, ni la libertad, sino la vida de muchos venezolanos, sin que importe su ubicación política, su manera de pensar. Todos estamos obligados a trabajar para que esto no termine en una tragedia.
Pedro Paúl Bello
Leo “Comunidad”, título de un libro de Zygmunt Bauman. Es un muy interesante y rico ensayo sobre esa realidad humana de profundas raíces en el pasado que, a despecho de haber sido segadas para y por el desarrollo, siempre reverdecen sea con utópicas o con esperanzadoras proyecciones.
Un párrafo me distrae de la lectura para devolverme a esta Venezuela que nos hace insomnes: “El modelo panóptico de poder ata a los subordinados al lugar en el que pueden ser vigilados e instantáneamente castigados por cualquier quebrantamiento de la rutina. Pero también ata a sus vigilantes al lugar desde el que tienen que llevar a cabo su vigilancia y preciso castigo...Pasó algún tiempo antes de que ambas partes aprendieran la verdad a través de muchos errores y ensayos. Pero una vez aprendida, la incomodidad y el elevado y creciente coste del poder panóptico (y, más en general, de la dominación a-través-de-la-vinculación) se hicieron evidentes”.
Aclaremos que “panóptico”, según el diccionario de la RAE, viene del griego pan (παν) que significa todo y de óptikos (όπτϊϫός), y es aquella situación por la cual algo cerrado en su interior pueda verse desde un punto situado fuera, es decir, en su exterior.
Pienso, entonces, que “el proyecto” que nos amenaza pretende someternos panópticamente. Todos los totalitarismos son, en cierta o mucha forma, panópticos, tal como lo son las cárceles, donde los prisioneros están permanentemente bajo la mirada vigilante de sus guardianes, quienes toman cuidadosa nota de cualquier acto o gesto que se aparte de una rigurosa rutina impuesta.
Continúo mi lectura pero, a poco tiempo.... otra vez Venezuela. Prosigue el autor: “Un matrimonio en el que ambas partes saben que estarán atadas la una a la otra durante un largo futuro y que ninguna de ellas es libre de deshacer es, necesariamente, un lugar de conflicto perpetuo. Las probabilidades de que ambas partes opinen de igual forma sobre todos los asuntos que en un futuro impredecible puedan surgir, son tan escasas como la probabilidad de que una de ellas ceda en todos los asuntos a la voluntad de la otra sin intentar nunca mejorar su posición. Por tanto habrá numerosas confrontaciones, batallas declaradas e incursiones guerrilleras. Sin embargo, las acciones bélicas sólo llevarán al desgaste definitivo de una o ambas partes en casos extremos: la conciencia de que tal desgaste puede producirse y la preferencia por evitarlo será, con toda probabilidad, suficiente para cortar la cadena ‘cismogénica’ (que genera separación, cisma) justo antes de que ocurra lo irreparable (‘como estamos obligados a permanecer juntos, ocurra lo que ocurra, hagamos soportable nuestra convivencia”) [subrayado mío]. Por tanto, al lado de la guerra intestina habrá largos períodos de tregua y, entre ellas, rondas de regateo y negociación. Y se producirán reiterados intentos de lograr un compromiso sobre la base de un conjunto compartido de normas aceptables por todos”.
Nuestro autor está hablando de otra cosa pero ¿cómo evitar que párrafos como éste lo precipiten a uno en la reflexión sobre la crisis que nos satura y agota?
¿Cuál será el fondo de lo que ocurre en la verdadero profundidad de las relaciones oposición-gobierno, es decir, Mesa Democrática y voceros autorizados o no del chavismo? ¿Se está diseñando una suerte de “modus vivendi”? ¿Están las partes atadas durante un futuro que es relativamente largo? ¿Qué es lo que puede haberlas atado? ¿Temor? ¿A qué? ¿A un enemigo común? ¿Cuál? ¿El pueblo que parece manifestar su rechazo hacia ambas? ¿Los militares? ¿Cuáles? ¿Revisión de hechos pasados que puedan amenazarlas por igual con sanciones? ¿Intervenciones de la OEA o de la comunidad internacional? ¿Pactos bajo la mesa por parte de algunos actores con voz cantante? ¿Intereses crematísticos comunes? ¿Cuán largo puede ser “un largo futuro” relativo mayor que el ya experimentado? ¿Hasta el 2012 y luego veremos? ¿Quién o quiénes son los actores interesados?
Ocurren cosas sorprendentes, por decir lo menos. ¿Quién podría haber esperado el pasado 20 de agosto de 2004, con el Referéndum Revocatorio Presidencial, cuando el país se sintió defraudado, pues no se produjo alguna reacción contundente por parte de la entonces dirección formal de la oposición? ¿Nada? ¡Nada! ¿Cómo fue posible, entonces, que no se organizaran de inmediato protestas masivas contra los abusos de un CNE contra millones de venezolanos en las diversas situaciones que de manera semejante hemos vivido? ¿Nada? ¡Nada!
Y no solo eso: Abundan ilegales prisiones de tantos venezolanos injustamente detenidos y ¡nada! Con el horrendo atropello que padeció la gente del petróleo ¡nada! Con la absolución para los “pistoleros de Llaguno, también ¡nada! Con la entrega de los recursos económicos del país a otros regímenes forajidos, ¡nada! Con las absurdas confiscaciones, que a cada momento ocurren, mal llamadas expropiaciones ¡nada!
Ha habido, durante este ya largo proceso “numerosas confrontaciones, batallas declaradas e incursiones”. También, podemos constatar la existencia de “períodos de tregua y, entre ellas, rondas de regateo y negociación”. Podemos igualmente preguntarnos: ¿habrá, entonces “un compromiso sobre la base de un conjunto compartido de normas aceptables por todos”? ¿Se hará con exclusión del soberano y de los supremos intereses de Venezuela que éste encarna? ¡El país puede desbordar la dirigencia auto-designada!
¿Cuál va a ser, entonces, el límite de la TOLERANCIA que bien podría calificarse de indolencia o de irresponsable complicidad?
Es menester actuar decididamente. Tengo la convicción de que se está jugando con fuego y arriesgando no ya la propiedad, ni la libertad, sino la vida de muchos venezolanos, sin que importe su ubicación política, su manera de pensar. Todos estamos obligados a trabajar para que esto no termine en una tragedia.
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