lunes, 10 de diciembre de 2012
ASUMIR LA RESPONSABILIDAD DE NUESTRO DESTINO.
ASUMIR LA RESPONSABILIDAD DE NUESTRO DESTINO.
Pedro Paúl Bello
En algunos escritos y en obras, una de las cuales que está por ser publicada, he insistido en aspectos de nuestra realidad como Nación y como pueblo. He calificado, la nuestra, como Nación invertebrada, que seguirá siéndolo mientras nos mantengamos dependientes, no ya de una potencia o fuente como lo fue la España que nos descubrió, conquistó y colonizó, sino de raíces que se hunden en realidades de nuestro pasado, porque, sin habernos deslastrado de esos antecedentes de manera real y no aparente, no hemos acompañado la Independencia que logramos con cambios sustanciales sobre nuestra manera de ser Nación, sino que hemos conservado, escondidas en nuestro presente, muchos rasgos, costumbres y conductas de nuestro pasado que, por cierto, no es muy lejano en el tiempo, como si lo es en los países llamados más desarrollados.
El tiempo obra de manera muy importante en la evolución de todos los pueblos y, su paso, obra de manera muy importante en la transformación de todas la Naciones. Porque la historia de éstas, así como las de sus miembros integrantes, no es una mera sucesión de acontecimientos, hechos y sucesos, en virtud de que asimilan cambios que transforman formas de gobierno, usos y costumbres, así como conocimientos y maneras de ser y de actuar de las personas.
Pero, en esta reflexión breve, no se trata de considerar hechos del pasado lejano o cercano, sino del presente que estamos viviendo, hoy, todos los venezolanos.
La noche del pasado sábado, el ciudadano Presidente de la República se dirigió al país para exponer ante el país que el mal que le aqueja no le permitirá, “por ahora”, ejercer las funciones de su cargo, por lo que encargó al ciudadano Vicepresidente, señor Nicolás Maduro, para que se ocupara de tales funciones y, de seguida, informó que debe viajar de nuevo a Cuba para someterse a otra intervención quirúrgica que pueda devolverle su salud.
De seguidas, el Presidente descubrió sinceramente sus naturales temores al respecto, en vista de lo cual propuso, claramente, que de no poder retornar al cargo para el cual fue reelecto el 7 de octubre pasado, recomendó que el candidato de su partido fuese el mismo señor Maduro, lo que acentuó con claro y contundente énfasis. Además, y siempre conforme al mandato constitucional (Art. 235), pidió el permiso de ley al Presidente de la Asamblea Nacional, señor Diosdado Cabello.
Es de recordar que, conforme a lo previsto en el Artículo 233 constitucional, parágrafo segundo, se establece que “Cuando se produzca la falta absoluta del Presidente electo…antes de tomar posesión (que sería, eventualmente, el caso del Presidente Chávez), se procederá a una nueva elección…dentro de los treinta días consecutivos siguientes. Mientras se elige y toma posesión el nuevo Presidente electo… se encargará de la Presidencia de la República el Presidente…de la Asamblea Nacional.”
El Presidente Chávez se ajustó exactamente a las disposiciones constitucionales. Sin embargo --y de manera muy lamentable-- altos miembros de las Fuerzas Armadas, violaron de manera flagrante lo establecido en el Artículo 328 de la vigente Constitución, que en su inicio reza: “La Fuerza Armada Nacional constituye una institución esencialmente profesional, sin militancia política…En el cumplimiento de sus funciones, está al servicio exclusivo de la Nación y en ningún caso al de persona o parcialidad policía alguna.”, han hecho pronunciamientos esencialmente políticos, como supuesto respaldo al Presidente.
Por otra parte, la fracción oficialista que participa en la Asamblea Nacional, en vez de limitarse a considerar la solicitación de permiso para salir del país, desarrolló un vergonzoso debate cargado de señalamientos ofensivos hacia diputados opositores, así como a manifestaciones de carácter político que, una vez más, dejan mucho que desear al provenir de representantes de un pueblo que los eligió no para que formaran una suerte de gallinero, sino para que se ocupen de sus urgentes necesidades y del progreso de la Nación en aras del Bien Común General.
En ese sentido, llamamos la atención de todos los venezolanos a fin de que asuman, como ciudadanos, la responsabilidad que todos tenemos de buscar y velar el bien de la Patria, que es el bien de todos, especialmente actuando con patriotismo verdadero en los actos comiciales y, superando el temor que proviene de amenazas, actúen sinceramente, sin atender ofertas de compras de conciencia que no son más que clásicas artimañas de quienes hacer de Venezuela, no una bendita tierra de gracia de ciudadanos y democracia, sino una Nación de esclavos sometidos a la opresión de un régimen comunista y totalitario.
lunes, 3 de diciembre de 2012
¿POR QUÉ HEMOS LLEGADO A ÉSTO?
¿POR QUÉ HEMOS LLEGADO A ÉSTO?
Pedro Paúl Bello
(www.paulbello.blogspot.com)
Nada fácil resulta ser el explicar, en relativamente pocas páginas, las razones que darían cuenta del por qué hemos llegado a lo que vivimos actualmente en nuestra amada Patria. En algunas oportunidades, sea en libros o en artículos, he hecho uso del término “invertebrada” para dar cuenta, de manera muy general, de la condición de esta Nación que, por supuesto, involucra las raíces del modo de ser de nosotros, sus ciudadanos. En una obra, que espera por su publicación, he tratado de considerar y de reunir en diversos conjuntos, aquellos factores que, desde el descubrimiento de esta bendita tierra de gracia, podrían dar parcial cuenta de razones, condiciones humanas, factores sociales y políticos y de otros elementos que, identificados y reunidos, podrían asomar causas que, parcialmente, explicarían algunas fuentes de nuestros por qué.
Como bien sabemos, nuestro espacio geográfico territorial fue descubierto en 1498 cuando a su extremo oriental, y viniendo por la mar océano, fue avistada la costa venezolana, visitada después por Alonso de Ojeda. Tiempo después comenzó el desembarco de hombres españoles en el Oriente y Occidente de nuestro territorio y, con ello, la conquista y sometimiento de la población indígena originaria. Como los españoles venían solos, sin mujeres, se inició el complejo proceso del mestizaje al unirse aquellos con mujeres indígenas, posteriormente complementado por la llegada de africanos de piel negra, lo que aumentó las dimensiones de ese mestizaje hasta alcanzar complejas combinaciones entre los tipos de personas que en el mismo participaban. La organización política, que la Corona española permitió que se estableciera, condujo a la conformación de una sociedad del tipo “estamental”, es decir, separada por diversos estamentos establecidos según la sangre de los diversos integrantes de los mismos. Los estamentos nacieron como compartimientos totalmente separados, a la cabeza de los cuales se encontraban los blancos españoles de origen, seguidos por los blancos criollos nacidos en el territorio por uniones entre hombres y mujeres blancas posteriormente llegados de España. Bajo éstos dos sectores poblacionales se agrupaban los múltiples tipos de estamentos verticalmente organizados según su sangre: quinterones, cuarterones, tercerones, etc., hasta llegar a los dos grupos de más bajo nivel que eran los indígenas puros y los negros puros.
1º) El factor familia, elemento de la invertebración.
Tal división estamental condujo a que, con el tiempo, los estamentos de menor nivel aspiraran a alcanzar los privilegios que se otorgaban a sus estamentos inmediatamente superiores, con la característica de que cada estamento aspiraba a tener los privilegios que poseían los miembros del estamento que les era superior en el orden, pero se los negaban a los que estaban por debajo de ellos en la cadena estamental: los blancos criollos aspiraban a tener los privilegios de los españoles, pero se los negaban al estamento de los tercerones, los cuales aspiraban tener esos privilegios de los blancos criollos pero se los negaban a los cuarterones y, así, sucesivamente hasta los indígenas que se los negaban a los negros.
Es de resaltar que por ello, cuando se declara la guerra de independencia, la mayor parte de los negros esclavos, así como buena parte de los indígenas, se sumaran a pelear en favor de las fuerzas realistas que les habían dejado libres cuando escapaban del dominio de sus amos blancos. El temible José Tomás Boves, quien fuera el más fiero caudillo realista pero había sido, inicialmente, partidario de los patriotas, agrupó grandes contingente de negros e indígenas que sirvieron muy efectivamente a su causa.
Cuando uno reflexiona y estudia sobre el tema de las características que muestra una mayoritaria parte de las familias venezolanas, en las que predomina la ausencia del padre, la centralidad determinante del rol de la madre (bien designada por Moreno como “familia matricentrada”) y otras varias características derivadas, se inclina uno a pensar que sus orígenes pueden encontrarse, precisamente, en esa primera realidad que, si bien no es imputable al mestizaje como tal, debe éste, con varios otros factores externos, haber tenido determinante importancia en su génesis e inmenso desarrollo en nuestro país.
Brillantes especialistas en esa materia, así como en otras correlacionadas, como el Padre Alejandro Moreno, José Luis Vethencourt, Fernando Rísquez, William Rodríguez y muchos más, han realizado importantísimos estudios sobre esa materia, que son determinantes para descubrir muchos ¿por qué? que, seguramente, tienen que ver y que explicar las causas y razones de ese aislamiento y aparente indolencia y separación de tantos compatriotas con respecto a los graves momentos que, a todo lo largo de su historia, ha vivido y padecido nuestra Nación y le dan ese calificativo de invertebración que anteriormente hemos señalado.
2º) Familismo amoral.
Los autores, Massimo Desiato, Mikel De Viana, y Luis De Diego, en el trabajo “Ethos y valores en el proceso histórico-político de Venezuela” que fue publicado en “El Hombre, Retos , Dimensiones y Trascendencia”, de la UCAB, significan que hay “una regla preferencial de conducta” cuyo contenido sería: “maximizar las ventajas materiales inmediatas para mí y para mi estricto grupo primario de pertenencia, suponiendo que todos los demás harán lo mismo”, y afirman que, en alta proporción de los casos, las personas asumen, en nuestra cultura, esa “regla preferencial de conducta”. De esta, forma, centran su interés en su exclusivo grupo primario de pertenencia y no en la colectividad, siendo leales y responsables sólo con ese tipo de grupo particular, lo que bloquea todas las iniciativas que sean propuestas en función del Bien Común General. Además, el único interés que rige a esta conducta familista, cuando los individuos llegan a interesarse por los asuntos públicos, es el alcance rápido y fácil de ventajas materiales y pecuniarias.
Tal “regla preferencial de conducta” parece derivar directamente del tipo de familia matricentrada que ha sido anteriormente considerado. En efecto, el grupo familiar que deriva de ese tipo de familia, constituye un mundo particular de intereses y de relaciones, con total prescindencia del grupo general de la comunidad y de los otros grupos familiares de naturaleza similar. La inmediata consecuencia de esta extendida actitud es el bloqueo de las iniciativas que se proponen voluntariamente para servir a la comunidad, pues sobre las personas que las alientan van a recaer sospechas de tener intereses propios, pues sus propósitos parecen insólitos en medios en los que la mayoría de la gente no actúa de semejante manera. Pareciera, entonces, que como consecuencia de lo anterior, los grupos de población más débiles del país se sentirán inclinados a favorecer opciones de regímenes autoritarios y de fuerza, especialmente porque la demagogia, sea populista o comunista que los gobiernos de esos signos utilizan, les favorecen con darles dinero o bienes de uso doméstico especialmente en tiempos de procesos electorales.
Si como sabemos, es cierto que la “casa”, independientemente de su calidad y ubicación, es la puerta por la que el ciudadano da su primer paso de ingreso en la sociedad (primero el sector; luego el barrio, la urbanización; después la ciudad y finalmente la nación), la familia como primer e inmediato elemento de socialización juega un papel principalísimo en lo que será su conducta ciudadana. A partir de la casa se va a definir si la persona se integra en la sociedad o se mantiene separada o al margen de la misma. Si en la casa se siente aceptada y valorada, la persona va a ser de una familia y, por ello, será también de una sociedad, de una nación; de todo un mundo. Tendrá, pues, sentido de pertenencia a, sentido de formar parte de: estará integrada, inserida en la realidad.
Hemos visto dos elementos importantes de lo que hemos llamado invertebración de la Nación. Continuaremos en la próxima entrega
Después de los dos primeros elementos que presentamos para explicar lo que hemos llamado “invertebración” de una Nación, continuemos con un tercero y otros más que concurren al mismo fenómeno.
3º) Influencia del Español.
En nuestro territorio, como en el resto de los países de nuestro sub-continente, los primeros extraños respecto a población fueron los españoles. Sabemos las razones del cómo y por qué vinieron Cristóbal Colón y sus acompañantes. Sabemos, también, que a nuestra América Ibera llegó gente de la España de los tiempos de inicio de la Reconquista, la que se completó con la toma de Granada el primero de enero de 1492, el mismo año del Descubrimiento. Es de señalar que la Península Ibérica había experimentado un feudalismo muy breve y, por tanto, muy particular: apenas duró algo más de los dos siglos que transcurren entre la ocupación visigoda en el siglo VI y la conquista musulmana en el siglo IX. Adelantemos, por cierto, que ese lapso resultó muy importante para nosotros, latinoamericanos, pues, como luego lo veremos, iba a ser factor determinante de otro elemento de nuestra invertebración como nación, o naciones, pues nuestras hermanas repúblicas padecen del mismo mal. Tal lapso corresponde al relativamente breve tiempo durante el cual la Península fue feudal. Pero esa misma brevedad determinó que los descubridores y colonizadores de esta parte de América, no fueran, tampoco, prototipos feudales como no lo fue la región Ibérica de Europa.
¿Quiénes eran, entonces, esos primeros españoles que llegaron a nuestras costas y penetraron en toda la dimensión de lo que es hoy Venezuela y la América Latina? La mayoría entre ellos eran desarraigados de su propio mundo: aventureros, o gente que cargaba prisión por delitos, o segundones o tercerones de familia que no podían acceder a las milicias ni al clero como los primeros hijos de las familias. Pero estos descubridores, conquistadores y hombres de bajo nivel tenían algo que poseían en común aquellos españoles de entonces: Su ethos. El ethos de la subjetividad: Imbuidos su propio descubrimiento personal y subjetivo como individuos existentes, perseguían realizar grandes hazañas y heroicidades, aunque su objetivo pragmático parezca haberse concretado en hacer fortuna. Era la tradición mítica de casi todo un pueblo, cuya versión literaria recogen dos obras capitales de la literatura española: Don Quijote de la Mancha de Cervantes y el Amadis de Gaula de Garcí Rodríguez de Montalvo. Don Carlos Siso llamó ese fenómeno “individualismo insociable”,[1] y anotó que se acentuó más al llegar a este continente. El caso del misionero que vino fue distinto por su seguimiento a una Fe fundada en el Amor, que lo impulsaba a ocuparse del bien del Otro. Tal, quizá, el mejor aporte de la madre España, más no el único.
El astuto indígena de nuestra tierra parece haber percibido, desde el principio, ese modo de ser de quienes le invadían, y descubrió, muy rápidamente, su ambición desenfrenada por los bienes de riqueza: oro y plata. De allí nacieron numerosos mitos y fantasías que el aborigen tejía para distraer y alejar al invasor: Los del inmenso lago de Parima; la ciudad ideal de Manoa o, el más importante y trascendente de todos El Dorado. Tales mentiras estuvieron vigentes a todo lo largo del siglo XVI y, cuando la realidad de las mentiras se hizo visible, el interés de la Corona, por esta tierra nuestra, decayó hasta el punto de olvidarnos.
Pero el ethos del español, así como su escasa propensión al trabajo que anulaban sus heroicas y míticas aspiraciones, iban a reflejarse en las posteriores generaciones que derivarían del mestizaje pues, por las venas de posteriores venezolanos correría la sangre del español en mezclas con varias otras. La mezcla del mestizaje, en algunos aspectos muy positiva, en otros significó un fardo que fue de mucho peso para nuestro desarrollo como pueblo:
a) Mientras el español giraba en torno a su personal ego; b) el indígena, cuya naturaleza era débil, carecía de fuerzas y costumbres para asumir el trabajo productivo. c) ello obligó, a encomenderos y factores del gobierno de la Provincia, a participar en la compra de esclavos traídos de África, para que sustituyeran a los nativos en las tareas de la tierra. La sangre africana iba a incorporarse para completar nuestro mestizaje. Pero éste, en tiempo relativamente breve, se manifestaría como subversión ininterrumpida cuyos aspectos trataremos algo más adelante.
4º) El desarraigo.
Los componentes fundamentales del desarraigo lo sufren los tres factores principales de nuestro mestizaje y se caracterizan por su desarraigo respecto al espacio que deben habitar:
a) El aborigen, fue despojado de su mundo y condenado a vivir en un espacio que no le pertenecería más: Se enemistó, así, con la naturaleza que había sido su recinto y morada; odiaría el trabajo que, impuesto por la fuerza y la opresión, introduciría en lo más recóndito de su ser, la desconfianza, la hostilidad, el miedo y la inseguridad de quien nada tiene, y son baldones que han venido arrastrando por siglos. Era un desarraigado en su propio mundo
b) El africano, trasladado forzosamente en abyecta esclavitud, desde su mundo natural a otro medio desconocido y radicalmente diverso del propio, sea en lo cultural o en lo geográfico, no se encontró en ese mundo nuevo ni pudo quererlo o sentirlo como cosa suya, y menos esperar en él un destino humano. Padeció un desarraigo injusto que no podía entender y contra el cual se rebeló.
c) Y el europeo que vino a esta América fue aventurero desarraigado de su propio mundo; segundón, cautivo o perseguido, fue un nadie que se embarcó para una aventura más en la que no tenía nada que perder. Llegó a un medio en el que todo le resultaba extraño: espacio, vegetación, montañas y ríos. Tuvo que experimentar, improvisar, inventar. En tal mundo, también se sintió desarraigado en su desarraigo, pero tuvo que enfrentarlo y dominar. Lo logró, en un mundo con el cual no iba a identificarse totalmente. Sus descendientes, por generaciones enteras, arrastraran un cierto dejo de nostalgia por la Europa, que expresan actitudes extranjerizantes, negadoras de lo propio, imitadoras de lo europeo primero y de lo norteamericano después, que aún manifiestan ciertos sectores de la población que autores han denominado “mentalidad colonial”. Si no aceptaron plenamente su nuevo mundo, sus descendientes lo amarían. Rufino Blanco Fombona lo expresó así: “Como ciertos insectos asumen el color del árbol o de la tierra donde se crían, el conquistador de América, por un mimetismo inesperado, toma carácter del medio, tan distinto del europeo, en que su acción se desenvuelve.”[2]
5º) Conflictividad.
En su libro “Los Vicios del Sistema”, escribió Juan Liscano: “La integración nacional venezolana se efectuará a sangre y, no precisamente como proyecto explícito, sino como consecuencia de las matanzas y del horror de la historia, como fruto de un exceso de males.” De tales males, lo primero en revelarse fueron las insurrecciones de esclavos negros y también de aborígenes. Las más numerosas fueron las de los primeros. De hecho, a mediados del siglo XVI comenzaron sus sublevaciones, que ocuparon un continuo temporal luego mezclado con la Guerra de Independencia. Sin embargo, si bien es cierto que la confrontación violenta y generalizada nació de la injusta jerarquía social establecida, diversos otros factores (económicos, políticos, sociales y antropológicos) actuaron como catalizadores de los conflictos.
Las más notables, entre muchas otras, fueron en 1552 la de las Minas de Buría por Negro Miguel, quien se auto-designó Rey, Reina a su esposa y Príncipe a un hijo; en 1573, de 30 africanos que recorrieron desde Maracaibo hasta Río Hacha y hasta Coro; la de 1603, desde Margarita hasta Cumaná; en 1730 la de Andreosote (Andrés López de Rosario), quien desde Yagua (Yaracuy), se extendió hasta Coro, Puerto Cabello, Barinas, Barquisimeto y Carora; en 1741, Juan Francisco de León, quien, desde Panaquire varías veces entró en Caracas acompañado de muchos seguidores que protestaban contra la Cía Guipuzcoana. Pero los alzamientos eran permanentes en casi todo el territorio de la Capitanía. Los fugitivos se refugiaron en lo que llamaron “Cumbes”, suerte de campamentos instalados en montañas, desde los que atacaban a los que pasaban por los caminos y haciéndoles toda suerte de delitos. En algunas Cumbes se refugiaban también aborígenes sublevados. Esta situación de verdadero terror, iba a mezclarse, después de 1812, con la conflictividad de la guerra. Al inicio, los más oprimidos, negros e indígenas, apoyaron la causa realista, pero cuando el Libertador, bajo su mano, unificó el mando de la guerra (1817) se fueron con los patriotas.
6º) Feudalismo criollo.
Sin duda, entre los errores de mayor trascendencia cometidos por Simón Bolívar está el haber repartido las tierras que eran de los blancos peninsulares a los generales victoriosos de la guerra. Desintegrado el sueño de la Gran Colombia, en 1830 comenzó nuestra 4ª República (que terminó en mayo de 1864 al declararnos Estados Unidos de Venezuela), presidida por Paéz. Eran tiempos de paz cuando la llamada Oligarquía Conservadora. Después vino la Liberal encabezada por José Tadeo Monagas, cuyas “hazañas” conocemos, y con él se instaló el poder tiránico en Venezuela, la sucesión de gobiernos, la Guerra Civil y el posterior “reinado” de Guzmán Blanco.
El país asumió características similares --dentro de grandes diferencias-- a lo que fuera la etapa feudal europea. Los caudillos, que eran los generales victoriosos de la Independencia, se adueñaron de las porciones territoriales de sus “feudos” de dominación. El presidente era un “primo inter pares”, pues su ascenso y permanencia en el poder dependía del apoyo de los caudillos regionales.
Pero ese tipo de feudalismo fue heredado. En efecto, en Iberoamérica, España y Portugal establecieron instituciones de naturaleza feudal (de un feudalismo propio que duró muy poco en España) y generaron relaciones sociales y de producción que respondían, en su propia especificidad, a los rasgos del tipo ideal de feudalismo según Weber. Una equivocada tesis mecanicista pretendió que la difusión del capitalismo eliminaría, automáticamente, todas las formaciones económico-sociales no capitalistas y generaría las de tipo capitalista, que ya se establecían en el siglo XIX. Sin embargo, constituidas nuestras repúblicas, el sistema feudal, lejos de pasar por una rápida eliminación se transformó y logró su propia autonomía, pese a la expansión capitalista-industrial de Europa. Ello generó nuevas formas de sistemas neo-feudales, como ocurrió en el caso venezolano y otros de la sub-región.
Al no ser eliminado el modelo feudal, sino ajustado a las nuevas realidades socio-políticas y productivas mediante la asimilación de formas políticas asimétricas y asincrónicas en relación a la evolución de los países más desarrollados de Europa, el feudalismo se reforzó en la América Latina y se ajustó en vista del control social, económico y territorial de cada Nación. En Venezuela, nuestro feudalismo se expresó, socio-políticamente, en el auge del caciquismo-coronelismo-caudillismo de nuestro siglo XIX, que no representaba sino momentos de su posterior proceso evolutivo, para desaparecer bajo el gobierno de Juan Vicente Gómez que generó, en nuestro país, nuestra específica forma del Estado Moderno. Fue, entonces, el mayor desarrollo ulterior de nuestro tipo de feudalismo --y no su liquidación por una inexistente burguesía entre nosotros, lo que determinó la aparición de nuestro Estado Moderno.
Sin embargo, y de manera muy obvia, el efecto de más de un siglo de duración de nuestra realidad de tipo feudal, el mantener relaciones comerciales externas de tipo capitalista moderno y el enriquecimiento del sector productivo exportador (primero el cacao, después el café y posteriormente el petróleo) permitieron que surgiera un mercado interno débil pero real, pero también que la conducta interna tardara en deslastrarse en lo económico y lo político, del modo feudal cuya influencia sólo comenzó a disminuir a raíz de la muerte de Gómez, con el gobierno del Gral. Eleazar López Contreras.
Con el derrocamiento, en octubre de 1945, del gobierno del Gral. Medina Angarita, pese a las innegables características democráticas que se desarrollaron en el Trienio (elección popular directa y secreta del Presidente Gallegos y Congresos Constituyente y Nacional), en lo que respecta a nuestra población se mantuvieron, modificadas pero vigentes, formas sociales atrasadas de vida y conducta, cuya génesis se encuentra en la etapa de tipo feudal del siglo XIX y más de la mitad del siglo XX.
7º) Populismo.
El populismo, a estas alturas parece cosa vetusta y desgastada. Sin embargo, se mantiene vivo en nuestra nación. No será erradicado definitivamente si no vamos mucho más allá de las instituciones políticas, económicas y sociales, pues lo que hay que hacer es provocar conversiones radicales de las maneras de hacer y concebir la cultura personal y social de nuestras poblaciones. De lo contrario, el fantasma reaparecerá constantemente para ocupar de nuevo posiciones de las que parecía desplazado. Sólo así dejaremos de ser esa “superposición cronológica de procesos tribales”, que dijera Don Mario Briceño, y llegar a ser pueblo y no masa; pueblo, en el sentido estricto de la palabra, que constituya cada Sociedad como unión moral, racional y estable de personas humanas, esto es, de seres racionales, conscientes, libres y, por tanto, responsables de sus actos.
¿De dónde sale el populismo? Nuestro “modelo” es producto de nuestra propia realidad, la que, como hemos visto en formas, actitudes y conductas de nuestra población –con propias pero similares maneras o estilos, en Venezuela y en de todo el sub-continente—En tal sentido, el populismo latinoamericano nada tiene que ver con los modelos populistas de Europa u otras regiones del mundo. En efecto, el nuestro, en su particular génesis, proviene de realidades que fueron hechos de la historia de estos pueblos, como el ya referido del mestizaje (que es diferente en otras realidades sociales); el origen y características generales de los conquistadores y colonizadores; la importancia mayor o menor que, para España, significó cada Colonia, etc. Entre todos esos factores originarios, uno si fue común en medio de expresiones diversas: la impronta de la breve experiencia feudal vivida en la Madre Patria. Ahora bien, lo que si es común en todas nuestras naciones, con respecto al populismo, es que nació del agotamiento padecido por todos sus modelos de “Estado Tradicional”, que surgieron de la liberación de nuestros países respecto a España, se fueron adaptando las instituciones que copiamos, exportamos nuestros productos, pero no alcanzamos a percatarnos de los cambios incesantes que ocurrían en el mundo exterior a nosotros o no supimos, o no pudimos, ajustarnos a las nuevas realidades.
Poco a poco, nuestros regímenes tradicionales fueron siendo desplazados y sustituidos en el poder de nuestros países por sectores de industriales, profesionales, obreros urbanizados, militares formados en Academias, sectores de trabajadores y de campesinos para: sin proyectos alternativos de desarrollo y de acción, acordar entre todos manejar política, social y administrativamente nuestras naciones. Hasta allí todo va muy bien. Sin embargo, había una suerte de veneno desconocido en esa Alianza Populista que, en el fondo, se dividía en dos grandes sectores: un sector desarrollado, capaz de producir, de actuar y gobernar, de establecer leyes y realizar proyectos, con riqueza, y otro gran sector dedicado a labores o trabajos de diferentes tipos y categorías, pero sin suficiente fuerza económica para vivir. El modelo estaba, pues, condenado al auto-estrangulamiento: al principio, las exportaciones daban frutos suficientes para todos en un país; fue posible modernizar ciudades, abrir carreteras, asistir a la población en materias de educación y salud, etc., pero eso duró hasta que los conflictos internacionales no desembocaran en la primero en la segunda guerras mundiales.
Esos dos acontecimientos --unidos a varios más menos resaltantes-- significar serios problemas para poder mantener, nuestras naciones, exportaciones e importaciones al ritmo que antes tenían. En muchas ocasiones, especialmente durante la segunda guerra, el tráfico marítimo se hizo imposible. Muchos países latinoamericanos experimentaron cambios constantes de gobiernos, tuvieron dictaduras y lamentables experiencias. Pero la razón de fondo de la crisis política que cubrió el subcontinente fue, fundamentalmente, que la Alianza Populista no podía subsistir pues sus integrantes tenían intereses distintos y contradictorios. Desde luego, como no había modelos sustitutivos, con relativa periodicidad, volvía al poder el populismo, pero también caía de nuevo, generalmente para abrir paso a gobiernos de corte militar que, casi siempre, fueron dictaduras.
Son características de ese populismo la inmediatez, la improvisación, la falta de decisión, la ambigüedad y la evasión. Tal manera de manejar la realidad conduce al inmediatismo, a la irresponsabilidad, al parasitismo vital y a la improvisación que procede del vivir al día. Todo ello conduce a la entronización y aceptación del caudillismo mesiánico: los pueblos delegan responsabilidades; eso que refuerza el servilismo y la dependencia personal de tipo relación amo-esclavo y, todo ello, se institucionaliza y hace irreversible al con instituciones como el padrinazgo en lo social o el oportunismo partidista en lo político, cuyos resultados frustran a las personas y no permiten ante institucionalizar una verdadera democracia.
En nuestro país, el modelo populista se hace poder cuando el 18 de octubre de 1945, una Logia Militar constituida por varios oficiales formados en el Perú, derrocó al gobierno del Gral. Isaías Medina Angarita y estableció una Junta Revolucionaria de Gobierno que formó un ejecutivo civil presidido por Rómulo Betancourt y gobernó hasta noviembre de 1948, cuando, a su vez, fue derrocada por los principales oficiales que derrocaran a Medina. Así se abrió el camino para el gobierno de Marcos Pérez Jiménez, quien lo obtuvo en diciembre de 1952. Derrocado Pérez Jiménez, regresó restablecida la democracia en Venezuela. En diciembre de ese año fue electo Rómulo Betancourt para su único mandato constitucional como Presidente de la República. No por el Presidente, sino porque el estilo populista había “pegado” en el país y se ha mantenido hasta el presente, ahora con características distintas. Ahora bien, eso último que terminamos de leer, se muestra como prueba de que mantenemos la invertebración.
8º) Anomia.
Por anomia se entiende que no hay normas, allí donde se presente. Tres investigadores y profesores universitarios, escribieron un trabajo muy importante sobre la anomia, la definieron no como es normal, sino que, aplicada a nuestro país le entienden como “situación casi secular en la que se ha perdido la relación entre los esfuerzos y los logros; entre los méritos y los premios; entre los crímenes y los castigos. Los premios son para los truhanes y pájaros bravos; los castigos son para los esforzados”.
¿Qué quieren significar, los autores, al hablar de “situación casi secular”? Pues a condicionamientos como los que ya hemos mencionado: el desarraigo de los nuevos pobladores que vinieron de la Península y de África; o a el de los propios aborígenes desplazados en su mundo; a las costumbres y creencias que ya no pudieron practicar más, ni los indígenas, ni los africanos; a la concepción cíclica y geocéntrica del tiempo, distinta a la rectilínea de los europeos; a la subordinación, en la estructura estamental, a todos los estamentos situados por encima del suyo; al rechazo del trabajo productivo del español, conforme a su ethos de heroicidad y gloria, y al mismo rechazo de parte de aborígenes y africanos, pues no lo conocían ni estaba en sus costumbres; al sentirse degradado el mestizo, en sus variadas formas, creyendo ser producto de la ilegitimidad, la que genera inestabilidad, inseguridad, valor y pánico, acción y apatía, Y, en tiempos más recientes. En otros tiempos más cercanos, los valores supremos de nuestra cultura social que, aparentemente son él éxito, la riqueza y el prestigio, inalcanzables para una mayoría que puede sentirse preterida. ¿O es que acaso el fenómeno que es el chavismo no tiene asiento en esos --diría antivalores-- que deforman el sentido verdadero de la vida? ¡Siempre el tener por el más tener y muy poco el ser por el más ser!
Nuestros tres autores, en un trabajo muy enjundioso que se extiende largamente, señalaron un punto muy importante: esa anomia, así entendida, genera actitudes muy negativas y peligrosas para la salud de la sociedad en general. En efecto, como antes lo apuntamos, los valores prevalecientes en nuestra sociedad son el éxito que da riquezas y el prestigio que da poder. La persona bien formada, honesta, trata de alcanzar sus logros mediante su esfuerzo propio, pero una alta proporción de la población que no ha tenido la oportunidad –y muchas veces, ni siquiera el conocimiento de lo que es la ética-- es fácil que se desvíe y que oriente sus esfuerzos hacia actividades ilegítimas que le proporcionen los “valores” significativos de sociedades como las nuestras. Es el caso, que ejemplarizan los autores, de jóvenes con rectas intenciones por las que se proponen alcanzar metas de conocimientos que les permitan escalar, honestamente, posiciones en el cuerpo social así como bienestar para sus familias y propios. Esa tarea se les hace muy pesada, por cuanto en el día han de trabajar, carecen de vehículos por lo que, de noche, van a los lugares donde alcanzarán la deseada formación, en autobuses y otros medios de transporte, lo que, por las características de dichos medios. Pero en la misma barriada donde habitan, hay otros que se dedican al robo, al fraude, al asalto, por lo que, fácilmente y sin esfuerzos mayores, logran poseer autos, tener dinero abundante y hasta prestigio. ¿No habrían de ser santos, verdaderamente, aquellos jóvenes para no caer en las tentaciones con las que ven “surgir socialmente” a sus desviados vecinos?
9º) Carencia del sentido de ciudadanía.
Ciudadanía significa, como concepto, la pertenencia a una comunidad nacional, es decir, a una Nación. Como voz, viene de la Grecia antigua. Entonces se refería a la Ciudad y no a la totalidad del país. Pese a las desigualdades que en toda Sociedad existen, ciudadanía como concepto refiere a una profunda igualdad de base que parte de la existencia de una naturaleza, o ser, que es común a todos los humanos en tanto tales. La ciudadanía impone deberes para con el cuerpo social y sus correlativos derechos de cada persona: No es que el Estado sea la fuente de los derechos humanos sino que, simplemente, está obligado a garantizarlos; ello es parte muy importante de su función en el seno de la Sociedad, de la cual es sólo una parte. Recordemos que el hombre no es para el Estado sino que, éste, es para el hombre. El no saber ni entender ese principio, tan fundamental, es la fuente que aprovechan las tiranías de todo signo para sojuzgar y usar a la persona humana.
10º) ¿Qué es ciudadanía?
En “La Alborada”, revista que fundara en 1909, escribió Don Rómulo Gallegos: “Nada importa el valor teórico de un principio o de una ley, si no ha penetrado en la conciencia de un pueblo; el nuestro viola las suyas porque las ignora casi siempre, y no porque estén en pugna con su naturaleza, sino porque en su naturaleza no está el respetarlas.” Ese pensamiento perfectamente lo podemos aplicar a la ciudadanía como concepto que es, y significa, hoy, la idea de plena pertenencia a una comunidad al margen de todas las desigualdades que existan en ella, porque define, de hecho, una igualdad que es –como antes expresado-- de base y más profunda, pues corresponde a la Voluntad del Creador y supone una igualdad esencial entre todas los humanos, pero no existencial, pues somos todos radicalmente diferentes y cada uno, para siempre, irrepetible en el tiempo y en el espacio y por los siglos de los siglos.
En las Sociedades modernas, la ciudadanía se entiende en las tres dimensiones de ésta: a) civil, b) política y c) propiamente social. a) Lo civil comprende todas las relaciones que, entre ellos, tejen los ciudadanos, las cuales se agrupan en dos bloques: las personales y las impersonales. Las personales significan todas las relaciones que tenemos las personas con otras de nuestro entorno: familia, amistades, conocidos y relacionados en diversos aspectos; la segunda refiere aquellos muy frecuentes y diversos encuentros que realizamos con personas no conocidas: en el tráfico, el restaurant, la calle, el templo, el estadio, etc. b) La dimensión política comprende la participación de los miembros de la Sociedad en actos que tienen que ver con la orientación del Cuerpo Social hacia el alcance de su finalidad, el Bien Común General, función propia del Estado, pero al ciudadano le corresponde influir, directamente si ejerce funciones de gobierno, o indirectamente si, de alguna manera, influye sobre dichos actos. c) La dimensión social, finalmente, reúne los actos por los cuales los ciudadanos participan de los beneficios de la vida social que, como Bien Común General, debe proporcionar logros para el desarrollo del potencial que cada persona tiene, de manera que, para todos, exista una verdadera igualdad de oportunidades en orden al conocimiento y a la participación de los servicios que en distintos contextos debe proporcionar la Sociedad. Ejemplo de esto es la Educación.
En nuestra Patria, muy lamentablemente, las tres funciones escapan a la disposición de los ciudadanos para participar o actuar, excepto cuando se trata de las relaciones personales: Algunos ejemplos: a) Civil: Tomemos el tráfico en las ciudades como ejemplo: irrespeto a todas las normas correspondientes. Semáforos: casi todos son “comidos”; cruces de vías: son atravesados –con o sin semáforos- de manera que la vía transversal quede cerrada; autopistas: se trafica por los hombrillos, etc. Consecuencias: tráfico paralizado en la ciudad. ¿Quiénes son las “victimas”? Los que manejan y van en los vehículos que pueden chocar; y van a paralizarse en el siguiente cruce, si antes cerraron el anterior y a llegar tarde a su destino todos los ciudadanos. ¿Por qué ocurre? Porque no hay formación ciudadana ni sentido del Bien Común. Ese fenómeno se reproduce bajo modalidades diversas en comercios, bancos, oficinas públicas, etc. ¿Causa? El síndrome del “pájaro bravo” y del ego de cada uno, herencia, como vimos, del lejano pasado. b) Política. ¿Participar en ello? ¡No! “La política es sucia”; “los políticos son todos sinvergüenzas y ladrones”; ¿Votar? ¡No¡ de todas maneras perderemos, etc.. ¿Causas? Desarraigo de los 3 componentes del mestizaje, miedos, etc… c) Social. No hay sentido de comunidad, ni hay conocimiento del Bien Común. ¿Causa? Familia matricentrada; cerrados grupos del familismo amoral que deja pensar en todos.
11º) El miedo.
Lo específicamente político nos conduce a confrontarnos con la conflictividad del pasado y del presente, con su carga de negaciones de las que derivan miedos aún presentes y ausencias de continuidad histórica; militarismo con su ficciones de heroísmos y realidades fracasadas; guerras y revueltas mal llamadas “revoluciones” con cargas de miseria y más miedo; centralización que todo asfixia y todo separa. Y todo esto, y mucho más que omitimos, se resume en carencia de ciudadanía, anomia y añoranza o preferencia por lo extranjero. Esa historia plena en turbulencias y tragedias vividas por la mayoría de todos los ciudadanos, dejó en sus almas unas ansias desesperadas de paz tras de las cuales, oculto en las silenciosas conciencias, se escondía el miedo. Recuerdo que una vez, en mi casa y siendo niño de cuatro años oí, en una conversación entre adultos, que uno de los cuales dijo “hablen bajito porque las paredes oyen”. Después, pregunté a mi padre qué significaba esa expresión; su respuesta fue: “es que en el país hubo mucho miedo en tiempos de Gómez, y la gente se cuida pues teme que alguien oiga lo que dicen”. Eso es perfectamente natural en situaciones tales pues han sido vividas por generaciones a todo lo largo de nuestra tormentosa historia. Es natural. El nuestro no es un pueblo de cobardes, pero arrastra sus imborrables experiencias seculares, lo que lleva a cuidarse y protegerse en las soledades reales.
12º) Conclusión.
Llegamos hasta aquí en esta reflexión sobre nuestro país realizada a vuelo de pájaro. No se vaya a pensar que planteamos interpretaciones negativas sobre nuestro pueblo. Todo lo contrario. El venezolano se caracteriza por su coraje, valentía y desprendida entrega, generosidad, acogida, apertura, gracia y buen humor. Las deformaciones que han influido exteriormente en su desarrollo provienen de circunstancias externas como costumbres ancestrales de los primeros pobladores; de determinaciones a partir de comportamientos generados de situaciones de injusticia social; de siglos de opresión y subordinación; de formaciones familiares que fragmentan y anulan lo positivo de esa importantísima institución; del ethos de la subjetividad heroica tomado de los conquistadores; de antecedentes que fueron nomadismos propios de la mayoría de nuestros pueblos aborígenes o tantos otros factores y sus derivados.
Como conclusión, sólo quedan preguntas envueltas en una muy general que reza: ¿Qué hacer? Enfrentar esa pregunta involucraría dedicar mucho tiempo para consultar voces que desde lejano pasado han tratado de dar respuestas pertinentes. Hacerlo, exigiría años de estudios e investigaciones. Sin embargo, algunos pensadores venezolanos de pasado no muy lejano, dedicaron buenos tiempos de su vida en tratar de esclarecer condiciones y de abrir caminos orientadores. Acudamos a uno de ellos: Don Mario Briceño Iragorry.
Sobre el silencio, ese que cobija el miedo, escribió Don Mario: Hay un silencio activo “lleno de imágenes que no hacen ruido, de un silencio alargado por la gravidez que le transmiten las ideas… silencio de silencios, oro que vale sobre la plata de las frases sonoras”… “El nuestro, en cambio, es un callar calculado más que un silencio confundible con la actitud esperanzada de quienes meditan para mejor obrar…es un silencio de disimulo, un silencio cómplice de la peor de las indiferencias. No se puede callar por prudencia ni en momentos de desarmonía social, cuando la palabra adquiere virtud de temeridad.”
Sobre el disimulo: “Doctores del disimulo, con un pie en todas las causas, prestos siempre a pactar con quienes garanticen mayores oportunidades a sus ansias de permanencia en el disfrute de los réditos, antes se han hecho sordos a todo patriotismo que pensar en la verdad y la justicia.” “ Pero no se advierte que sólo por medio de una profunda saturación de idealidad podrá llegarse a una afectiva transformación de nuestro pesado ambiente social” … “porque nos falta fe, alegría, esperanza, desinterés, espíritu de verdad y de sacrificio social.”
Sobre enseñar al pueblo y a las nuevas generaciones: “Enseñémosles que el sentido social de la Patria no pide la labor aislada de escultores que cincelen figuras por su cuenta para superar al artista del taller vecino, sino una obra metódica y común, animada por un mismo espíritu creador, que tanto lucra con el genio de los unos como cuanto experiencia da el fracaso de los otros.” Sobre el Libertador: “creo que no debemos convenir en una segunda muerte de Bolívar. Esa muerte a que ha sido condenado definitivamente por quienes lucran con la evocación de su memoria, a menudo aplicada…a lo que es contrarío .. a sus ideales.”
Sobre la Caridad: “Para los que creemos en el espíritu, ella es fuerza que anima y enrumba la marcha de la sociedad. Es la virtud antimarxista por excelencia. Es el solo aglutinamiento social que puede evitar la crisis definitiva de la civilización”…”Y la injustica es violencia contra la caridad” …”Y hay crisis de caridad porque hay crisis de espiritualidad.”
Sobre la democracia: “La democracia no es el asalto. La democracia no es lo que ahora entendieron muchos capataces muchos capataces políticos: la posibilidad abierta para el vivo… contra eso “va la jerarquía de los individuos en cuanto valen por si mismos.” Es necesario crear “una conciencia social de jerarquía de estímulo en la vida democrática.” “Para lo que si está dado y permitido romper la mecánica del orden, es para ir de puntero al sacrificio por la sociedad.”
El pueblo: “Ayudar al pueblo es por tanto nuestro deber presente. A un pueblo que no está debajo de nosotros, en función de supedáneo para nuestro servicio, sino del cual nosotros somos mínima parte y expresión veraz. Debemos ayudarle, no a que grite, como aconsejan los demagogos; ni a que olvide sus desgracias, como indican los conformistas del pesimismo, sino a que reflexione sobre sí mismo, sobre su deber y su destino.” Hay que enseñarle…
¿Enseñarle qué? Enseñarle sobre las estructuras de nuestra sociedad; sus instituciones; la realidad que somos en sus raíces y proyecciones hacia el devenir; las tendencias que de ello se marcan; las prioridades de los cambios; los recursos, las urgencias, las posibilidades e imposibilidades; en fin, la aprehensión de nuestro ser nacional tomado en su totalidad: todo ello es lo que se debe conocer y, a partir de tal saber, actuar para no improvisar. Desterrar de las mentes tópicos que se repiten y terminan por presentarse como verdades, cuando apenas tienen validez parcial y son desechables como fundamentos para diagnósticos o acciones a realizar en nuestro acontecer nacional. Eso, por ejemplo, de que “somos un país riquísimo”; o aquello de que “tenemos el mejor puente del mundo”, o “la mejor red de autopistas”; o la moneda más fuerte, antes de que el bolívar se precipitara en su descenso. La clave de nuestro histórico problema de país --que es un problema de conciencia de pueblo-- es el desconocimiento por parte de ese pueblo --entendido, no en la expresión populista-demagógica del concepto, sino como el conjunto de todos los miembros de la sociedad nacional-- de sus verdaderos intereses y reales necesidades.
El principal y fundamental interés es el que cada venezolano sepa hacer respetar su eminente dignidad de persona humana. Enseñarle en qué consiste esa dignidad y por qué y para qué la posee: cada venezolano debe entender, entonces, que la persona humana --que él es-- no es accidente fortuito ni resultado de casualidad alguna, sino de una causalidad que es la voluntad del Creador que le hizo persona. Que al hacerlo le hizo inteligente; le dio razón para pensar y actuar; libertad interior que le hace dueño absoluto de sus actos humanos; le dio conocimiento natural que le permite, aún en medio de su pobreza e ignorancia, distinguir entre lo que está bien hacer y lo que está mal, esto es, entre el bien y el mal; y que aunque ese conocimiento lo oriente hacia el bien que es el mismo Creador con su libertad interior o libre albedrío, puede, sin embargo, optar por hacer el mal, pero que es responsable de todos sus actos libres, sean buenos o malos; que por esa responsabilidad --que no es sino el responder por los propios actos-- habrá de dar respuesta ante Él, su Creador, pero también ante las instancias jurídicas de la tierra en la que nació --su Nación— o de aquella tierra que voluntariamente haya adoptado para allí vivir. Que el Creador le hizo para que desarrollara un inmenso potencial que como persona tiene: capacidades de entender, de crear, de analizar, de juzgar, de apreciar, para aplicarlas en todos los campos del hacer y del saber humano; Que el humano es un ser sociable por naturaleza y no por razón de pacto o contrato alguno; que en la Sociedad que constituya con semejantes suyos debe encontrar condiciones indispensables para que le sea posible desarrollar el potencial que ha recibido al ser creado y que no es sólo para él, sino para los demás; que en esa Sociedad hay otra forma de libertad que no es ya la interior o libre albedrío, sino la externa o libertad de independencia consistente en ausencia de coacción o coerción sobre sus actos, la que no le vino como don o dato de su condición humana, sino que debe ser conquistada por él y en unión con sus semejantes en el seno de esa, su propia Sociedad.
Inmediato e inseparable del concepto de libertad está el de justicia, que significa que en las relaciones con los demás, cada cual merece recibir lo que le corresponde; y, que cada cual debe respetar y hacer respetar la justicia respecto a los demás y ante quienes tienen la responsabilidad de dirigir la Sociedad como gobierno; después, debe saber que todos los seres humanos somos iguales en dignidad, en tanto personas, y que esa igualdad prevalece ante la ley y las instituciones; pero que si somos iguales en tanto personas, cada uno es distinto como ser que existe de manera concreta: somos existencialmente diferentes. Además, que hay otra forma de igualdad: una igualdad de oportunidades, por la cual, todos y cada uno, en la Sociedad, tienen derecho a que ésta garantice la posibilidad de alcanzar el propio desarrollo personal, que procede del potencial ya citado, pero, eso, cada cual ha de realizarlo de manera libre y por tanto voluntaria.
Se trata, entonces, de nociones básicas que, con algunas más, constituyen el fundamento de sus intereses, sin lo cual una población no estará en capacidad de reclamar y defender sus derechos; ni de cumplir sus deberes; y tampoco de exigir la satisfacción de las fundamentales necesidades humanas.
domingo, 21 de octubre de 2012
DEMOCRACIA III
Pedro Paúl Bello
(www.paulbello.blogspot.com)
Para la cosmovisión personalista y comunitaria del mundo, las sociedades nacionales, con su política, poder y Estado, deben, en democracia, apoyarse sobre valores que no provienen de fuentes históricas como el liberalismo individualista, el marxismo o de variantes totalitarias como las nazis y falangistas, sino de las profundidades del pensamiento cuyas raíces están inspiradas en el Evangelio. Por ello, la democracia se presenta como exigencia de la personalización, continua y sin fin, de todos y cada uno de los miembros de toda sociedad nacional. Esa personalización se apoya, de manera muy importante, sobre la libertad de elección de su destino personal que toda persona tiene y debe serle respetado, así como de ejercer cabalmente su responsabilidad con el todo social que significa el Bien Común General y su correspondiente Obra Común, realizada con la participación que, moralmente, obliga a todos los miembros de cada Sociedad.
En el seno de cada Sociedad, la igualdad de las personas significa una equivalencia entre éstas que revela su inconmensurabilidad en el destino singular de cada una y reconoce que, si bien todos los seres humanos somos iguales en dignidad, tal dignidad debe ser respetada para todos, cada uno es radicalmente distinto en su interioridad de voluntad, pensamiento, aspiraciones y senderos de realización personal, por lo que la Sociedad tiene que proporcionar los medios e instrumentos proporcionados para que se ajusten a cada condición personal de sus miembros. Se trata, entonces, de que la Sociedad debe, ineludiblemente, instalar un espectro muy amplio de medios e instrumentos institucionales para que todos y cada uno de sus miembros tengan efectivas oportunidades para realizarse como personas.
El desarrollo de tal igualdad de oportunidades, es paralelo al de la libertad de independencia que, a diferencia de la libertad interna o libre albedrío que es un don del Creador, libertad de independencia debe ser proporcionada por el cuerpo social, o conquistada por sus miembros en el seno de su propia sociedad. Tal desarrollo humano y personal favorece, y, al mismo tiempo se ordena a la elevación moral, económica, social y política del todo social y de la multitud de sociedades intermedias que lo constituyen y se alojan en su seno.
La democracia verdadera no se agota en el bienestar de la población, ni obedece a la supremacía del número, que puede llegar a confundirse con las influencias y la fuerza. Por otra parte, no es cierto que la “voluntad del pueblo” sea un absoluto infalible. Ciertamente, la consulta a la voluntad de las personas miembros tiene un papel indispensable y fundamental, pero en todo caso debe ser personalmente expresada y nunca orientada, dirigida o explotada mediante compras de conciencia facilitadas por necesidades de las familias o personas singulares, manipulaciones hipnóticas impuestas por propagandas masivas y engañosas difundidas por personas que buscan favorecer sus propios intereses, sea directamente o a través de medios de comunicación presionados por la fuerza.
La democracia se establece, en su más puro y alto nivel, sobre la base del equilibrio entre los diferentes centros del poder social: político, legislador, judicial, económico, educativo, comunicativo, organizados verticalmente pero coordinados y articulados de manera horizontal. Implica también la democracia, una adecuada desconcentración y descentralización de manera que las entidades regionales y locales asuman directamente la responsabilidad de los asuntos que les afectan particularmente y sobre cuyas decisiones deben tener capacidad y competencia. El poder centralizado, muy generalizado en nuestra América Latina, es un adefesio, factor del retraso y subdesarrollo que, históricamente, han caracterizado a nuestras naciones hermanas. En nuestro subcontinente Sur, el único país verdaderamente descentralizado es Brasil y, en menor medida Uruguay y Argentina. La centralización asfixia a los pueblos, impide su crecimiento y desarrollo armónico y favorece el establecimiento de dictaduras y tiranías de cualquier signo político que, al tener como propio el trasfondo histórico populista que nos ha caracterizado, han condenado a nuestros pueblos a depender de unos centros de poder que cercenan sus libertades y posibilidades de desarrollo, tanto personal como general.
Sin embargo, no se trata la descentralización de una concepción granular de la Sociedad Nacional que anime particularismos negativos, o que signifique pueriles e inaceptables idealizaciones de la realidad social incompatibles con las características y exigencias del presente Estado moderno. En efecto, el Estado debe descargar sobre las diversas regiones, subregiones y comunidades de la Nación, aquellas facultades y tareas organizativas que no le correspondan de manera directa, pero, manteniéndose, en todas las instancias, como centro de planificación, coordinación, control y arbitraje supremos, así como también cual representante y garante supremo del todo social hacia lo externo.
La democracia ha de ser, por definición, participativa. No se trata, como algunos piensan, que los poderes centrales del Estado le “participen” a las instancias regionales lo que deciden en la Capital de la Nación. Se trata, si, de institucionalizar la participación de las regiones y sus habitantes, en la corresponsabilidad y corresponsabilidad libre de sus propios intereses. Para ello, será menester:
a) Establecer un nuevo ordenamiento económico-jurídico capaz de hacer emerger los valores de toda la población. No se trata, desde luego, de crear o reforzar instituciones “para dar” (asistencialismos, paternalismos o proteccionismos), sino de promover y crear las vías, los medios y las organizaciones “para pedirles” a las poblaciones e instancias regionales de gobierno; esto es. Para incorporarles a una activa participación en el desarrollo y en los procesos organizativos, productivos, educativos, etc., de la Nación.
b) Establecer un nuevo ordenamiento jurídico-político orientado a realizar efectivamente la aceleración de procesos que hagan, al pueblo todo de la Nación, ser realmente el sujeto del cambio mediante la asimilación y toma de conciencia de valores de los cuales ha sido históricamente despojado: personalidad, responsabilidad, dirección, administración, etc.; y de valores que existen fuera de él y que no desarrolla o recibe: morales, intelectuales, técnicos, científicos, estéticos, productivos, etc. Para esto, es menester un gran esfuerzo para realizar, en verdad y no en palabras, la justicia social, valga decir, igualar las posibilidades y aptitudes entre sectores desiguales, incluido el acceso a la propiedad de medios de producción, a fin de incorporar a la población, en su totalidad, al proceso productivo y de desarrollo del país.
El más alto grado de la participación es la codecisión. Por múltiples razones, no es posible pensar en la codecisión de todos. La democracia implica delegación, representatividad y, sobre todo, confianza, lo que, por inalcanzable, sustituye una utópica, por inalcanzable, codecisión general.
En el estado actual del desarrollo democrático --en términos generales-- la exigencia de la población es más el de una mejor información que el intervenir directamente en la toma de decisiones, muchas de las cuales escaparían a las competencias, vocaciones, habilidades y aptitudes, o a los conocimientos de mucha gente. Se trata, de inicio, de establecer una doble corriente de información que asume carácter prioritario e inmediato: primera, de la población hacia las dirigencias locales descentralizadas, entidades en las que se toman las decisiones, a fin de que éstas instancias se enteren y se vean comprometidas con las opiniones, necesidades y exigencias de sus gobernados; segunda, en sentido inverso, para que la población reciba las debidas explicaciones y justificaciones de los actos y decisiones que les proponen quienes tienen la responsabilidad de realizarles; tercera, que el fruto de los diversos intercambios, se alcance en un consenso que incorpore las propuestas posibles y útiles que ambas partes acuerdan realizar. Esto, por supuesto, supone que se instalen ámbitos para conocer los puntos de vista y razones de una y otra parte y se aprueben las decisiones acordadas.
De esa manera, la democracia deja de ser una palabra cuasi misteriosa y carente de real significado, para transformarse, progresivamente, en una vivencia concreta, deseable y, por tanto, respetada y defendida.
De resto, el problema real de la participación de nuestra población de bajos niveles de recursos y de instrucción, en el poder político consciente, sea indirecto a través de los partidos políticos o directo en funciones de gobierno tiene, como previa exigencia, la necesidad de encuadrar a esas personas, una vez socialmente integradas, en el conocimiento y progresiva participación en las instituciones políticas. La realidad muestra, en todas las latitudes, que la verdadera participación en lo político pasa, principalmente, por la experiencia en los partidos políticos democráticos. En efecto, el principio reza que la soberanía pertenece al pueblo tal como lo hemos entendido (y no como masa informe); la práctica muestra que dicha soberanía es vivida y ejercida mediante la intermediación de los partidos que operan cual escuelas de formación política. Pero es menester que los partidos no se conviertan en frenos u obstáculos que limiten la soberanía popular porque la limiten o anulen para asumirla por cuenta propia, sino que sean verdaderos instrumentos de activación de la voluntad popular en las realidades locales, regionales y nacionales y sean, al mismo tiempo, transmisores de esa voluntad hacia las instancias del Estado en su realidad política constitucional.
Por lo tanto, la democracia viene a ser una exigencia de renovación de los partidos políticos. Tal renovación ha de consistir en:
a) Una apertura democrática interna de los partidos que implique la supresión de trabas y resistencias que puedan impedir o limitar la participación de sus miembros en la vida política interna de éstos.
Será, por tanto, necesario, que el miembro o militante se sienta parte del partido. Para ello debe tomar plena conciencia de su condición y dignidad de persona, de ciudadano de la Nación y de miembro de una organización democrática con los derechos y deberes que a cada condición corresponden. De esta manera, la participación en la vida interna del partido comienza con la formación política de sus miembros.
b) Inmediatamente, es necesario instaurar o restaurar el ejercicio efectivo de una democracia en lo interno de los partidos. Esa democracia será directa e indirecta. 1º) Directa en todas las instancias en las que sea materialmente posible, lo cual se irá logrando, progresivamente, mediante la formación política principista y democrática. Especial importancia van a tener, en tal sentido, los organismos de base, en los que la participación signifique la toma de contactos con la vida de la colectividad de miembros del partido y de las realidades y necesidades de la población correspondiente a su pertenencia como ciudadano, de cuyas necesidades y problemas debe participar a los niveles de dirección del partido. 2º) Indirecta, en aquellas instancias en las que el carácter técnico de las decisiones no permite, en muchos casos, que sean ventilados ciertos asuntos ante la simple opinión y, en consecuencia, se tiene de nuevo la noción de representación que debe ser legítima y verdadera, no manipulada ni mediatizada o determinada por artificios que desvirtúen su naturaleza.
c) El complemento indispensable de la participación es la doble corriente de información de la base a la cima y a la inversa. Todo ello refuerza al miembro en sus convicciones y sentidos de responsabilidad ante el partido y ante el país.
d) Apertura democrática externa, tarea indispensable para garantizar la democracia en las sociedades modernas. Los partidos tienen tendencias a cerrarse en su propio mundo, pero deben rechazar ser clanes o “ghettos” en la sociedad nacional, para abrirse al diálogo y a la participación efectiva de quienes, sin tener militancia específica --o ideologías o compromisos políticos con otras tendencias-- tengan el mérito y la capacidad de aportar ideas, esfuerzos y experiencias en beneficio de las superiores exigencias del Bien Común General.
DEMOCRACIA II
Pedro Paúl Bello
(www.paulbello.blogspot.com)
El vocablo “democracia” designa, en estos tiempos, una actitud en la vida social, una forma de hacer política, una técnica, y un sistema de gobierno. Pero, más que otra cosa, “democracia” evoca una actitud según la cual todos y cada uno de los miembros de la Sociedad Política participan en la realización y alcance del Bien Común General y, al mismo tiempo, se sienten moralmente obligados a actuar --en la medida de sus posibilidades-- en el desarrollo de la Obra Común correspondiente, en cuya realización son conscientes de que tienen su cuota de responsabilidad y, de cuyos frutos, derivan su cuota de beneficios.
Es sólo así como, verdadera y no demagógicamente, la democracia va a significar, verdaderamente, gobierno del Pueblo. El Pueblo viene a ser, entonces, el sujeto de los actos de gobierno que son definitivos para la vida humana. Entendamos, entonces, la noción de Pueblo como “la libre y viva sustancia del Cuerpo Político o Sociedad Política.” En efecto, ese Cuerpo Político que es la Sociedad, es un todo orgánico hecho de Pueblo.
Decir que el Pueblo es sujeto significa que cada uno de los miembros de la Sociedad, según su condición, es capaz de asumir y de decidir libremente sobre su propio destino y que no puede ser simple objeto de un poder paternalista que le imponga conductas o metas de ninguna naturaleza: ello exige el que tenga conciencia de sus propios actos y de su dignidad de persona humana.
Es entonces menester indispensable que se distinga entre “pueblo”, así entendido y “masa.” Los populismos y las tiranías, de todo signo, se caracterizan por manejar y manipular masas. Pero “el pueblo vive y se mueve por su vida propia; la masa o multitud amorfa, es de por sí inerte y sólo puede ser movida desde afuera. El pueblo vive de la plenitud de las personas que lo componen, cada una de las cuales es consciente de su propia responsabilidad y de sus propias convicciones. La masa, por el contrario, espera el impulso del exterior presta a seguir una u otra bandera según la explotación habilidosa que se haga de sus instintos”
De la misma manera, afirmar al pueblo como sujeto equivale a decir que es --y nunca la masa-- el depositario originario del poder civil derivado del Creador. Por eso, el Cuerpo Político o Sociedad Política posee todo un complejo de autoridades-poder, en cuya cima está el Estado, cuyo gobierno es ejercido por miembros de ese pueblo que, a tal efecto, le representan.
Es así que el Estado no posee ningún derecho por encima del Cuerpo Político. Es pues una falacia pretender o hablar de “soberanía del Estado” si se entiende por “soberanía” el derecho a ejercer un poder trascendente y separado del pueblo.
En tal contexto inserida, la fórmula de Lincoln sobre la democracia como “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” adquiere sentido:
Gobierno del pueblo, porque debe ser ejercido en virtud de la autoridad y decisión de éste, que la transfiere a sus depositarios --en la medida y grado de sus atribuciones-- de cuyo ejercicio éstos deben rendir cuenta como responsables;
Gobierno por el pueblo, porque el objeto de quienes dirigen al Estado y forman parte de sus poderes, es hacer que se desarrollen personas libres, sujetas por ellas mismas a cumplir lo que es justo y legítimo y con plenos derechos de manifestar sus propios pareceres sobre deberes, cargas y sacrificios que les sean impuestos, así como de ser informados sobre todo lo relativo a la marcha de los asuntos comunes y de los resultados de la gestión de aquellos en quienes ha confiado la autoridad, no estando obligados a obedecer lo que no les es debidamente informado y escuchado.
Gobierno para el pueblo, pues el fin de la autoridad es conducir al Cuerpo Político hacía el Bien General que redunda en el Bien Particular y en el Bien Personal, pues como lo expresara Maritain “sólo puede calificarse de democrático aquel gobierno que es capaz de elevar a la multitud de una condición de masa a una condición de pueblo.”
Ahora bien, es necesario que todos los ciudadanos entiendan que, tanto en su sentido lato como en el restringido, la función política corresponde a todos los miembros de una Sociedad determinada, sin que existan exclusiones de ninguno de ellos. No obstante, es claro que hay quienes se especializan en los asuntos de gobierno y su orientación: son éstos a quienes en el leguaje común se les llama “políticos”, pero la responsabilidad por la política recae sobre cada ciudadano. Por tanto, es contrario al deber social el proclamarse no ser político; calificar como “sucio” el trabajo político, etc. Por supuesto, estos errores provienen de la falta de conocimiento, por parte de quienes los cometen, del significado e importancia vitales que la política tiene tanto para la vida social en general como la de la persona del ciudadano. En efecto, tal actitud de abstención o separación desemboca, trágicamente, en la lamentable realidad de permitir que los menos aptos y deshonestos ejerzan funciones de gobierno en diferentes espacios del hacer político, con graves consecuencias morales, sociales y económicas para el todo social.
La actuación política, cuando se funda en valores y normas éticas que se inspiran en la cosmovisión del personalismo cristiano, sin estar necesariamente ligada a la Fe que lo sustenta, exige identificarse con el pueblo (entendido como la comunidad de todos los ciudadanos) en profundidades que rebasan el simple deseo del bienestar o la realización de “obras” que, muchas veces, responden a la óptica de quien las promueve o redundan en su beneficio “político” o económico.
En efecto, como también decía Maritain, se trata de existir con el pueblo. “Obrar --por puro que lo sea-- pertenece a los dominios del simple amor de benevolencia. Existir con y sufrir con son del dominio del amor de unidad: el amor se dirige a un ser existente y concreto”… “Si se posee el amor de esta cosa viviente y humana, tan difícil de definir como todas las cosas humanas y vivientes, pero tanto más real por esa misma razón, que se llama pueblo, lo primero a que se aspirará será a existir con él, y estar en comunicación con él”.
“Antes de ‘hacerle el bien’ y de trabajar por su bien; antes de hacer o no hacer la política de éstos o de aquéllos que invocan su nombre y sus intereses; antes de pensar en conciencia el bien y el mal de las doctrinas y de las fuerzas históricas que lo solicitan y de elegir entre ellas o, acaso, en ciertos casos excepcionales, de rechazarlas todas ellas, habrase ya elegido el existir con él y sufrir con el y hacer propios sus penas y sus destinos”.
Pero cuando tal elección no se ha producido; cuando la política no es el acto de una existencia consustanciada con el pueblo y, como dice Maritain, existente con él pueblo, entonces, sus designios cada vez más se insertarán por las vertientes en las que gravita la voluntad de dominio. En tal perspectiva, la conciencia del sujeto “que hace política” se instala en la experimentación de la concupiscencia lúdica donde se entretiene en el “juego político” del ganar o del perder, que es una cualquiera de las fases que permiten recorrer el espectro fenomenológico de existencias egoístamente centradas. Ora la política va a satisfacer la vanidad que se viste de apariencias de fama y prestigio; ora emboca las cerraduras que abren puertas de la riqueza y de la ostentación; ora se regodea con le servilismo de los obedientes sumisos; ora es revancha de la envidia o instrumento de la venganza; o, en su más perniciosa expresión ontológica, es nudo dominio, fugaz ilusión de infinitud que, cuando frustrada por la realidad de los propios o externos límites, arremete con mayor violencia contra los testigos de sus fracasos.
Entonces, no será el pueblo sino la masa, lo que conviene a la dominación porque la convalida. La ética interfiere, por lo cual se va a negar la sujeción moral y la racionalización moral de la vida política. Se hace de la “política” un dominio separado e independiente, autárquico en sus fines, reglas y determinaciones. El “fin político” justificará cualquier medio, con la sola condición de que sea eficaz. Se absolutizan realidades contingentes, como el Estado, el Partido, la Clase o el Jefe. El opresor queda oprimido por sus propias abstracciones y termina cosificado al igual que los objetos humanos o no de su dominio.
La “emancipación” de lo político respecto a la ética, es la condición de posibilidad para la entronización del totalitarismo en el gobierno de cualquier sociedad. Con independencia de su particular signo, toda forma totalitaria de gobierno sacrifica a la persona en aras de un ídolo, de un mito o de una abstracción absolutizada en el orden de lo temporal. El desprecio por la persona humana, en su existencia individual y social, es una involución de la sociedad afectada pues el totalitarismo, en sus diversas formas y tendencias se identifica, en lo metafísico, lo ético y por la político, con los sacrificios humanos de las antiguas instituciones del paganismo, contra las que se levantaron el plan del cristianismo y el mayor desarrollo de la metafísica.
Desde luego, debemos estar en la vertiente de las relaciones humanas predispuestas por la voluntad de amor y no por la voluntad de dominio. Cuando es ésta la que rige, la política se aparta de su finalidad última y degenera en opresión, en acumulación de poder y en egoísmo individual o grupal que degrada a la Sociedad y despersonaliza a todos sus actores, sean opresores u oprimidos, en la misma medida en que hace del ser humano cosa, mero instrumento de un nudo dominio.
Acto humano, la relación política está indiscutiblemente subordinada a la ética. No es objeto de estas líneas el intentar desarrollar el estudio de las relaciones entre política y ética: sería necesario recorrer desde las fuentes mismas de los elementos que intervienen y tienen consecuencias en aquéllas, partiendo desde la Antigüedad griega y, pasando por el Medioevo cristiano, caer en la Época Moderna hasta el presente.
martes, 2 de octubre de 2012
VENEZUELA: LUCHA PERMANENTE POR LA LIBERTAD.
La historia de nuestra Venezuela ha sido la de una perenne y permanente lucha por la libertad. Tal lucha fue iniciada por la rebeldía de los negros capturados en África y vendidos en nuestra tierra como esclavos, para, en cierta forma, sustituir a los aborígenes cuyos hábitos y costumbres no les capacitaban para realizar las tareas que les imponían los terratenientes venidos de la Metrópoli que descubrió y conquistó nuestro territorio, o aquellos blancos criollos que se hicieron propietarios de tierras.
El conflicto se mezcló con la Guerra de Independencia, con la particularidad de que el sector social de esos niveles inferiores de nuestra organización social estamental, una vez liberados para participar en el conflicto por la Independencia, muy mayoritariamente se sumaron a la causa realista. El principal de sus capitanes resultó ser José Tomás Boves, el terrible enemigo de los patriotas quien, por cierto, inicialmente se había alineado bajo sus banderas, pero que, disgustado por un incidente personal, se pasó al bando contrario.
Finalizada la Guerra, la tierra pasó, casi en su totalidad, a las manos de los generales victoriosos, muchos de los cuales asumieron el poder político y militar en los territorios de la anterior Provincia, para convertirse en una suerte de señores que se hicieron como auténticos feudales de sus dominios, en un modelo de poder político muy semejante al del Feudalismo que surgió en la Europa posterior a la caída del Imperio Romano, cuando surgieron las Ciudades Medievales que se unificaron en territorios después convertidos en Estados de Europa.
En Venezuela, la Cuarta República --que no es como erradamente algunos piensan y muchos repiten, la de los años anteriores a la llegada del último tirano-- se inició en 1830, una vez disuelto el sueño máximo de El Libertador que fue la Gran Colombia, con los gobiernos de la llamada Oligarquía Conservadora, para terminar el 28 de marzo de 1864, concluida la Guerra Federal, cuando el Presidente de la República era Juan Crisóstomo Falcón, quien cambió la denominación de nuestro país por la de Estados Unidos de Venezuela (la cual permaneció hasta que, en 1953, Pérez Jiménez, a través del Congreso de entonces, recuperó el nombre de República de Venezuela, que fue la Quinta).
Entre los luchadores por la libertad --que fueron muchos venezolanos-- destaca, sin dudas, el nombre, la figura y el gran prestigio de José Manuel Hernández, más conocido como “El Mocho Hernández” pues, en uno de sus múltiples combates, esta vez contra el gobierno de Guzmán Blanco, cayó en el sitio llamado “Los Lirios” (el 11 de agosto de 1887) y, alcanzado por bala, recibió heridas de machete en el cuello y en su mano derecha de la que perdió dos dedos, origen de su sobrenombre.
Pues bien, el Mocho Hernández se hizo de un prestigio político casi mítico en todo el país, pues su vocación, desde joven de 17 años, fue la política, de cuyas múltiples aventuras y hazañas alcanzó a pagar el costo de muchas cárceles, persecuciones y exilios, si bien, durante breves períodos --a modo de paréntesis-- y tuvo importantes cargos pero, sobre todo, un inmenso prestigio en los sectores más populares del país de entonces: entre ellos, en 1887, mientras trabajaba en las minas del Callao, asumió el liderazgo para enfrentar al gobernador del Estado Bolívar, Pedro Mijares, quien había separado de dicho Estado la zona del Yuruary. El éxito lo alcanzó en 1889, cuando el Presidente J.P. Rojas Paúl, reintegró esa zona al Estado Bolívar y nombró a Hernández como Inspector de las obras de esa zona y, luego Presidente de una Junta encargada de ejecutar la carretera a San Félix. En 1890 presentó su candidatura por la Región, pero el Presidente Andueza Palacio la desconoció, por lo que apeló solicitando la nulidad de dicho acto y fue favorecido.
Sin embargo, algo después fue apresado por cinco meses, por ser enemigo confeso de Andueza. Al quedar libre se unió a la subversión de Crespo y se alzó en Guayana como líder allí de la llamada “Revolución Legalista”, en abril de 1892. Cuando Crespo venció y asumió la Presidencia, Hernández tomó Ciudad Bolívar en agosto 1892 y fue designado Jefe Civil y Militar del territorio de Guayana que era parte del Estado. Pero en diciembre se marchó a los Estados Unidos, país en el que se interesó mucho por sus leyes y procedimiento electorales. Enfrentó y ganó allí un juicio que le interpuso un ciudadano norteamericano que se consideraba afectado por su decisión respecto al acueducto de Ciudad Bolívar cuyo contrato había sido anulado por Hernandez.
El Mocho Hernández regresó al país en 1893 para presentarse como diputado por el Estado Bermúdez (que comprendía todo lo que hoy es Sucre y Monagas). Resultó electo, pero inmediatamente, en el Congreso, la nueva Constitución que había introducido Crespo, lo llevó romper su relación con el Crespismo. Regresó en 1895 a Nueva York y profundizó en sus conocimientos sobre las elecciones en ese país y, al regresar a Venezuela, en 1896, se empeñó en tratar que ese modelo democrático fuera adoptado. Presentó de nuevo su candidatura apoyado por el Partido Liberal Nacionalista de Alejandro Urbaneja, pero esta vez para Presidente, en las elecciones que se realizaron en setiembre 1º de 1897. El Gral. Crespo tenía ya su candidato que era Ignacio Andrade. Hernández había recorrido, prácticamente, todo el país celebrando “mítines” (palabra que se hizo general, originada del inglés meeting) que entusiasmaban mucho a las personas. Parecía que vencería en las elecciones, pero la gente de Crespo ocupó todas las mesas electorales y dio como resultado la victoria de Andrade hecho que, a ojos vista, era un monumental fraude pues el país, en casi su totalidad, se había volcado en favor de Hernández.
Indignado por el fraude, Hernández, una vez más se alzó en Queipa. El propio Crespo salió para combatirlo, pero antes tuvo que enfrentar batalla en el sitio llamado “La Mata Carmelera” donde encontró la muerte. Sin embargo, el Mocho fue también derrotado por fuerzas del gobierno al mando del Gral. Ramón Guerra y apresado en la cárcel La Rotunda de Caracas, de donde fue liberado por Cipriano Castro después de su triunfo con la Revolución Libertadora en octubre de 1899. El propio Castro le designó Ministro de Fomento, cargo que ocupó por cuatro días pues se alzó de nuevo por no estar de acuerdo con el gabinete de Castro. Fue apresado y remitido al Castillo de San Carlos en el que permaneció dos años y luego fue liberado por Castro quien lo nombró como Plenipotenciario en Washington, pero criticó de nuevo al gobierno y renunció en 1904, quedándose en los Estados Unidos hasta 1909, cuando Gómez, que había tomado ya el poder, lo designó para el Consejo de Gobierno (popularmente llamado “El Pesebre”) pero en 1911 El Mocho renunció de nuevo y comenzó a escribir en contra de Gómez, por lo que tuvo que escapar estando en varios lugares de las Antillas, hasta que volvió a los Estados Unidos donde, con 68 años de edad, murió el 25 de agosto de 1921. Así fue José Manuel Hernández, ese venezolano singular, hijo de trabajadores isleños, quien había nacido en Caracas, en el barrio de San Juan, en 1853.
Pero me ha llevado a escribir esto, el haber encontrado en las historias relativas a José Manuel Hernández, el Mocho, un muy interesante comentario de Carlos Fernández Cuesta, de fecha 22 de noviembre de 2002, quien allí señala que “El General José Manuel Hernández…fue el centro de un curioso fenómeno histórico. Fenómeno que en mi opinión --escribe Fernández Cuesta-- guarda un extraño vínculo con la lucha que libra hoy el poderoso movimiento democrático opositor al régimen “bolivariano”.
Mas adelante, Fernández Cuesta señaló que “como militar el Mocho tuvo poca fortuna, y como político en pocas ocasiones pudo demostrarlo” pero que, pese a ello, “fue objeto de un inusitado prestigio” y continúa: “Es relevante que ese prestigio no se forjó, apoyado en subalternos y cómplices que desde el poder pudieran haberle abierto inescrupulosamente un porvenir político, método que por desgracia, no es poco frecuente ayer y hoy en nuestro medio.” Y añade que “notorio y sorprendente es, además, que el entusiasmo que despertó este personaje, se extendió sin excepción a todas las razas y clases sociales de la época”, pese, como lo indica el mismo Fernández, que ciertamente Hernández era extravagante tanto en guerras como en política, lo que le condujo siempre a derrotas y, a veces, hasta quedar en ridículo.
“Sin embargo”, concluye, “ni sus reiterados y continuos fracasos bélicos, enlodaron su causa nacionalista y muchos menos el arraigo convertido en mitológica adoración que fue lo que llegaron a sentir las multitudes al pronunciar su nombre.”
Continúa nuestro autor:
“Algunos me reclamarán con razón y no excluyendo la furia, el por qué asocio al "Mocho" a la oposición democrática (recuerdo año 2002), siendo el General Hernández y su "Partido Nacionalista" un emblema de lo que pudo ser y no fue, de la derrota y las causas perdidas. No, el Mocho representa mucho más que eso, y si en su momento su nombre es la esperanza donde se agrupan los valores del idealismo y el desinterés contra los núcleos políticos corrompidos y el uni-personalismo salvaje de los caudillos, el "mochismo" no es sólo la tragedia que lo persiguió a él y al pueblo venezolano durante su vida y luego de su muerte, sino los anhelos irrenunciables de combate por la honradez, por el patriotismo, por la sinceridad y el progreso que permanecen como "elan vital" de nuestro pueblo y que de muchas maneras son la proyección de nuestra continuidad histórica y la razón de ser una nación a la que queremos amar y servir.”
No te conozco, pero ¡Gracias por existir, Carlos Fernández de Cuesta!
La democracia que marcha, hoy en las calles, y que sigue a Henrique Capriles Radonsky siendo radicalmente opositora, es el "mochismo" del siglo 21, pero renovado y firme, que mira hacia la victoria porque será suya, y sabe que está obligada, para siempre, a vencer restos del siglo XIX no suficientemente enterrados.
martes, 25 de septiembre de 2012
24 setiembre 2012
DE NUESTRA HISTORIA RECIENTE
Pedro Paúl Bello
www.paulbello.blogspot.com
Como es el caso de todos los países latinoamericanos, los procesos políticos de Venezuela hunden sus más profundas y originarias raíces en los acontecimientos sociales, políticos, económicos e institucionales, similares y también diversos, a los que nacieron y luego evolucionaron a partir del descubrimiento y colonización de esta sub-región por parte de las Metrópolis Iberas España y Portugal. Éstas aportaron la Fe católica, sus maneras diferentes de ser pueblos, sus instituciones aún mal definidas, especialmente en la España que apenas vivió poco más de dos siglos de feudalismo, lapso que ocurrió entre el fin de la invasión visigoda y la conquista musulmana finalizada con la toma de Granada. Y España aportó, también, esa característica predominante en su población de entonces, que los estudiosos han denominado “el ethos de la subjetividad.”
Venezuela padeció, desde la tercera década del siglo XVI y hasta la primera del siglo XX, una guerra civil intestina que comenzó con alzamientos, cada vez más importantes, de esclavos negros e indígenas, la cual se confundió con la paralela guerra de Independencia, de la que se desarrolló una forma de feudalismo de Caudillos regionales que, instalados como Señores feudales en sus respectivas regiones, elegían y derrocaban Presidentes de la República pues éstos dependían de sus apoyos militares. Esta situación terminó cuando uno de ellos, Juan Vicente Gómez, se hizo de absoluto poder, fundó el Estado Moderno venezolano y derrotó al caudillismo dándole fin.
Gómez instaló una dictadura que se extendió por 27 años, durante los cuales ejerció un poder único, pero supo escoger, para sus equipos de gobierno, a los ciudadanos entonces más destacados en las diferentes instancias del saber. En la primera década de su tiempo de mando, creó una institución de formación militar y contó con el inicio de la explotación petrolera en el país, actividad que confió a empresas extranjeras especializadas en ese ramo. La guerra desapareció de la vida nacional, pero aquellos quienes se sublevaron contra su tiranía, sufrieron persecuciones y terribles cárceles. Cuando murió, en diciembre de 1935, dejó en la Presidencia de la República a un militar formado en la institución que había creado, quien era de gran solvencia y tenía otra mentalidad política: el Gral. Eleazar López Contreras que supo abrir el país al ejercicio progresivo y gradual de la democracia.
En los años terminales del gobierno de Gómez, ya el petróleo se manifestaba como recurso económico de gran importancia. Durante el gobierno de López Contreras, el petróleo fue factor de desarrollo productivo, característica que se mantuvo en el siguiente período gubernamental del sucesor de López, el Gral. Isaías Medina Angarita. Derrocado éste por una Logia Militar a la que se asoció el Partido izquierdista Acción Democrática, ese producto adquirió otra característica que se desarrolló mucho más en el tiempo sucesivo: fue factor de renta, lo que facilitó el crecimiento progresivo de un Estado alimentado por una economía rentística. El Partido AD, que apenas duró tres años en el poder y fue derrocado por otro golpe militar, carecía de planes alternativos y de proyectos para gobernar, pero constituyó una alianza de clases que concitó sectores de intereses económicos y sociales antagónicos y contradictorios: un sector industrial en incipiente desarrollo que producía bienes de consumo y otro sector conformado por obreros sindicalizados radicados en las principales ciudades del país. Así se instaló en Venezuela, con retraso respecto a otros países del sub-continente, un modelo político --el populista-- que para aquel tiempo daba ya muestras de ser insostenible. En efecto, luego de un fuerte crecimiento inicial que dependía de las importaciones de bienes naturales de consumo por parte de los países europeos que padecieron la primera guerra mundial, después de la crisis económica mundial de los años 30, estos latinoamericano países vieron que sus economías se debilitaban de manera progresiva, porque los países más desarrollados reducían gradualmente la demanda de los bienes que importaban de la América Latina. En tal condición, los países exportadores se vieron obligados a tener que aumentar el volumen de sus exportaciones para poder mantener sus ingresos, lo que generó la progresiva caída de los precios de estos bienes derivada de dicho aumento, pues los productos exportados iban a mercados en los que el consumo de esos bienes había llegado el tope.
Auspiciada por la Cepal, Venezuela entró en el modelo de sustitución de exportaciones. El gobierno militar que derrocó a Acción Democrática desde que asumió el poder trató de establecer, para la economía venezolana, un modelo opuesto al cepalista: la diversificación de las exportaciones. Ese modelo, apoyado en el aumento progresivo del consumo de petróleo generado en el mundo al término de la II Guerra Mundial, permitió que dicho gobierno, en los diez años durante los cuales ejerció el poder, pudiera desarrollar en el país un proceso de alto crecimiento modernizador: construcción de modernas autopistas, represas, desarrollo de nuevas industrias, modernas plantas de producción de energía, inicio del desarrollo de subproductos del petróleo aguas abajo, vasto plan de desarrollo de viviendas para la población, erradicación de los ranchos o tugurios, etc. Ante los ojos del mundo, Venezuela crecía y se desarrollaba de asombrosa manera. Tanto fue así, que en los informes económicos y sociales anuales que la Cepal prepara para América Latina, se hacia la lista de las cifras económicas de todos los países de la sub-región y se presentaban, aparte, las de Venezuela, pues distorsionaban los promedios del resto de dichos países.
En el año de 1957, el país que había sublevado contra el gobierno, determino que las FFAA lo derrocaran pues, en el terreno político, ejercía una muy fuerte dictadura apoyado en el sector militar. Así, en enero de 1958, una gran proporción de los componentes de las Fuerzas Armadas desconoció al Presidente Marcos Pérez Jiménez y se abrió Venezuela, de nuevo, al ejercicio político democrático. Fue entonces cuando la Cepal insistió en que fuese establecido su modelo sustitutivo en este país. En las primeras elecciones que se celebraron en diciembre del mismo año, venció el partido AD que retomó el poder: Entonces, se reinstaló de nuevo en Venezuela el modelo populista.
El nuevo Presidente, Rómulo Betancourt, asumió el poder en marzo de 1959. Persona muy inteligente y capaz, Betancourt, quien venía de la izquierda radical, había madurado mucho su pensamiento. En efecto, asumió realizar un gobierno de centro formado en el contexto de una coalición de tres partidos políticos: el suyo, Acción Democrática, el socialcristiano Copei y el centro-izquierdista Unión Republicana Democrática, el cual se separó del gobierno un año después. En enero de mismo año 59, Fidel Castro Ruz había triunfado e instalado su Revolución en Cuba y pese a que Castro quiso acercarse a él --como a otros Presidentes latinoamericanos-- Betancourt no lo aceptó.
Pero en los planes de Castro estaba, desde entonces, la generación de un bloque de extrema izquierda en América Latina, con principal interés en Venezuela dada su estratégica situación geográfica y su riqueza petrolera que valía de por sí, pero que significaba, también y a través del petróleo, vinculaciones importantes con el Medio Oriente. El rechazo de Betancourt provocó que Castro iniciara, en los años 60, un avieso proyecto con el que pretendía derrocar a Betancourt y hacer de Venezuela base principal para el desarrollo de su plan de expansión comunista en todo el sub-continente. Guerrilleros cubanos entraron al territorio venezolano y, junto a comunistas del país, se fueron a las montañas del norte, en oriente y en occidente, al tiempo que generaron en la capital Caracas, y en otras ciudades, guerrillas urbanas que se mantuvieron durante el gobierno Betancourt, aunque cada vez más reprimidas por las Fuerzas Armadas venezolanas.
El siguiente gobierno venezolano fue ejercido por Raúl Leoni, también de AD, quien mantuvo la lucha armada contra las guerrillas comunistas, alcanzando, casi al fin de su mandato, el controlarlas suficientemente. Fue tanto así, que propuso a quienes aún se mantenían en las montañas, un plan de pacificación que incluía la rendición y entrega de armas por parte de éstos, a cambio de su reintegración en la vida normal de la sociedad venezolana. El Presidente Leoni no pudo culminar su propuesta, pero su sucesor, Rafael Caldera, quien asumió la Presidencia en 1969, si logró hacerlo durante el suyo. Sin embargo, para los años 70-71, un sector minoritario y subversivo que no se acogió a la propuesta de pacificación y aún estaba en las montañas, pese a la total derrota militar del plan Castrista, hizo la propuesta y tomó la consiguiente decisión, de no aceptar la pacificación propuesta por los gobiernos Leoni-Caldera y, como contrapartida alterna, dispuso ejecutar un plan de penetración de militantes comunistas en las Fuerzas Armadas venezolanas, en sus diversas unidades componentes.
Ese plan alcanzó acogida y comenzó a realizarse inmediatamente. Iban a transcurrir diez años, hasta la década de los 80, para que los infiltrados comenzaran a manifestar su presencia en la institución Militar. Antes de finalizar el período de gobierno 1969-1973 del Presidente Caldera, los síntomas de agotamiento del modelo populista --que no era el suyo pero que, cuando asumió la presidencia tenía tiempo en ejecución-- ya se manifestaban, pero conflictos en el Medio Oriente causaron un primer aumento en el año 1973, que elevó el precio del petróleo venezolano de un promedio anterior de $ 2 a $ 7 por barril, y luego, finalizando el gobierno Caldera a $ 14 por barril, pero en el siguiente gobierno de Carlos Andrés Pérez (AD), apenas iniciado en 1974, llegó a alcanzar después la entonces impensable cifra de $ 34/b, lo que distorsionó totalmente la economía venezolana.
Tal distorsión fue potenciada por un plan gigantesco de desarrollo producido por el gobierno en ejercicio de Carlos Andrés Pérez, bautizado por éste “La Gran Venezuela” que, quizá por creer equivocadamente que el auge petrolero sería continuo e irreversible, no sólo hizo disponer de recursos reservados para utilización gradual futura del entonces recién creado Fondo de Inversiones de Venezuela, sino que fueron utilizados para invertirlos en macro-proyectos de alto costo, con el agravante de haberse recurrido, además, al fatídico mecanismo de solicitar préstamos a la Nación para el faraónico Plan de la Nación.
No transcurrió mucho tiempo para que tan fatales decisiones mostraran su rostro de dramáticas consecuencias. El siguiente gobierno de Luis Herrera Campins (socialcristiano), que también disfrutó de muy altos precios del petróleo luego de una ligera caída de los anteriores precios, tuvo que pagar las consecuencias, cuando la crisis petrolera generada a partir de una situación originada en México, derrumbó los precios del producto y obligó a devaluar la moneda venezolana, el bolívar, en febrero de 1983, un día denominado “el viernes negro.”
El país entero fue sorprendido por este acontecimiento pues no habían, los venezolanos, alcanzado a percatarse de que el petróleo era un bien tan susceptible, como los demás, de perder su valor en los mercados. De ese momento en adelante, los precios del petróleo continuaron en caída constante, mientras el modelo político populista avanzaba a su definitivo estrangulamiento y fin, dado que era incapaz de satisfacer, al mismo tiempo, las aspiraciones y reivindicaciones que pretendían los sectores aliados del populismo. La “torta” a repartir se había empequeñecido y no alcanzaba para todos, lo que significaba la ruptura de una alianza en la que cada parte quería recibir la mayor porción de esa torta.
La caída del petróleo significó, también, continuos aumentos del costo de los productos de consumo para la vida y salud de los ciudadanos o los necesarios para la construcción de bienes como viviendas, carreteras y para el posterior desarrollo industrial. No fue, entonces, por casualidad sino por esa causalidad, que en los años 80 del siglo XX, la penetración comunista iniciada en las FFAA desde inicios de los 70, comenzara a manifestarse: en efecto, al menos cuatro intentos conocidos de golpes de Estado fueron planificados y ejecutados con fracasos que, sin embargo, no fueron del conocimiento de la mayor parte de la población venezolana. Por otra parte, la desaparición física de la mayor parte de los grandes dirigentes de los partidos tradicionales y las luchas internas en el seno de los mismos, así como entre los adversarios competidores, aumentado todo por las carencias que afectaban a los ciudadanos de todos los sectores sociales, terminaron con el retiro del apoyo popular hacia los partidos políticos; las cifras de abstención electoral crecieron de manera impresionante y la democracia recuperada en 1958 fue puesta en entredicho.
En tal ambiente descompuesto, la conspiración militar de los comunistas (se habla de unos 600 oficiales comprometidos dentro de las FFAA) fijó, en 1988, que ante los anteriores fracasos ya señalados, no intentarían acción alguna, sino hasta que la mayor parte de los participantes en ella hubiese alcanzado el comando de fuerzas efectivas de tropa, aviación y marina. En diciembre del mismo año 1988, se realizaron elecciones para elegir nuevo Presidente de la República. El Presidente en cargo era Jaime Lusinchi (AD), quien salió de la presidencia con apoyo muy amplio (más del 60%). El candidato vencedor fue Carlos Andrés Pérez, del mismo partido (AD), quien, en su discurso de iniciación, expresó que el Presidente saliente había acabado con los recursos económicos del país. “Limpió la botija,” fue la expresión que uso el Presidente Pérez en ese discurso. Además, de manera casi inmediata, presentó al país un Programa de Ajustes Económicos, cuya pertinencia era inobjetable, pero significaba fuertes restricciones para la población en general: aumentos significativos de los costos de bienes de consumo; de la electricidad, teléfono y demás servicios; medidas económicas que favorecían la acumulación de dinero a sectores de la producción en la idea de limitar la fuga de divisas, etc., todo lo cual fue rechazado por los sectores de población afectados.
A los pocos días de tales discurso y presentación de proyectos, militantes comunistas comprometidos incitaron a la población de Barrios en Caracas y otras ciudades, a salir a las calles, supuestamente en protesta por aumentos en los precios de la gasolina y de los medios de transporte. La protesta fue convertida en saqueos masivos que se extendieron dentro de las ciudades afectadas. Era el llamado "Caracazo". La represión que fuerzas de seguridad y militares ejercieron, fue muy fuerte y causó decenas de víctimas. Fue la primera acción comunista después de la anterior suspensión de acciones militares, pero abrió camino para ésta, que ya estaba prevista para finales del año 1991 o inicios del 1992.
Cuando el 4 de febrero de 1992 estalló la subversión militar comunista con un intento de golpe de Estado, la mayor parte de la población estaba absolutamente ausente de lo ocurrido. El Tte. Cnel. Hugo Chávez Frías, quien tenía a su cargo una unidad de paracaidistas, con gran habilidad se las arregló para aparecer como el Jefe del Golpe, que no lo era, pues sobre él, varios militares de igual o mayor rango eran quienes planificaron y fueron autores intelectuales del mismo. Fracasado ese movimiento y detenidos los participantes, el gobierno no se ocupó de hacer efectivos los juicios que debían realizarse a esos militares. El tiempo transcurría mientras el país se agotaba ante las discusiones políticas de los partidos, ya muy desacreditados. Así, en noviembre del mismo año 2002, se produjo un nuevo movimiento, esta vez conducido por un sector de oficiales de la Fuerza Aérea y algunos de la Marina. Ese intento fracasó igualmente, pero tampoco los responsables fueron sometidos y sentenciados en juicios. El año 1993, el país vio, no sin asombro, que el Presidente Pérez fue destituido, con apoyo de la mayoría parlamentaria de su propio partido AD y, posteriormente, sancionado y destituido por la Alta Corte Suprema de Justicia.
El Presidente Pérez fue sustituido en el cargo, luego de designación por el Congreso, por el historiador Ramón J. Velásquez, quien ejerció el cargo presidencial hasta que fue electo, en los comicios de diciembre de 1993, el Dr. Rafael Caldera como nuevo Presidente de Venezuela. El Presidente Caldera hubo de dictar sobreseimiento de la causa contra Hugo Chávez, toda vez que ninguna instancia judicial había abierto juicio en su contra, así como tampoco contra otros militares comprometidos. Además, en ocasión de las elecciones en las que triunfó Caldera, todos los candidatos que compitieron por la Presidencia, con la sola excepción suya, se comprometieron en liberar a Hugo Chávez y a otros pocos militares no liberados. De esa intención se hicieron solidarios, tanto la prensa escrita, como los medios de comunicación y otros sectores de opinión.
CONCLUSIÓN FINAL.
El ascenso de Hugo Chávez al poder y la ejecución de su proyecto comunista por él denominado “Socialismo del Siglo XXI” tiene orígenes en:
1° El plan realizado de penetración de las FFAA, ideado y llevado a cabo por Douglas Bravo en 1970; 2° La Crisis por Agotamiento del sistema político populista, derivada de: A) El derrumbe de los precios del petróleo y las consecuentes limitaciones de la economía venezolana, más, B) El Plan de desarrollo “La Gran Venezuela” del Presidente Pérez en su primer gobierno; 3° El descrédito por luchas internas y externas de los tradicionales Partidos Políticos venezolanos; 4° Las imprudentes propuestas del Pdte Pérez sobre del Plan de Ajustes Macro-económicos, sin haber preparado, antes, a la población afectada y por sus acusaciones al saliente Pdte. Lusinchi, de su mismo partido. 5° La supuestamente comprometida actitud de sectores de la oficialidad de las FFAA que, por actitudes reticentes, el Pdte. Pérez no procedió activamente para conjurar las conspiraciones de militares extremistas del comunismo.
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