domingo, 10 de agosto de 2014

POLÍTICA: VISIÓN CRISTIANA

PEDRO PAUL BELLO, POLÍTICA: VISIÓN CRISTIANA. Ser cristiano supone comprometerse en relación para quienes, políticos, el cristianismo propone un modelo personal y social de comportamiento que debe ser ejemplificado, realizado y mantenida la conducta que impone el hecho de ser cristiano, lo que no es distinto del compromiso de todos los cristianos quienes, como los demás humanos, vivimos tratando de mantener, ejemplarmente, la conducta que el cristianismo impone a nuestras propias voluntades. Pero, además, ejercer la política es, en cierta forma, el asumir la condición de ser guía y ductor de personas que comparten las apreciaciones y orientaciones del político que, obviamente, se presume son sinceras y también verdaderas, lo que no es exagerado pues el político se convierte en una suerte de maestro. Posiblemente, algunos de los amigos lectores, que hasta acá hayan leído lo anterior, con razón se podrán haber preguntado: “pero es que ¿existe una ‘política cristiana’? y, si existe, ¿qué es eso?” Antes de responder a esa natural inquietud, es necesario aclarar que toda Sociedad organizada tiene como razón de ser una finalidad muy específica que, de manera general, se le llama Bien Común General, pues incluye el compromiso de la Sociedad, cierto y asumido, de facilitar a todos y cada uno de sus miembros integrantes la realización de su propio destino personal según su libre albedrío. Esto, como es obvio, opera sólo en Sociedades con fundamento y acciones de naturaleza democrática. El Bien Común no es, pues, una noción intangible y abstracta inseparable del hecho social como objeto de ese acto específico, sino un hecho histórico en tanto situado en un plano espacio-temporal específico y preciso que, además, es dinámico y no estático pues se orienta a la totalidad de la realidad social que es dinámica y lo fundamenta y realiza. Pero, además, la Sociedad posibilita la cultura, entendida ésta, en general, como mundo que el ser humano establece y realiza para abandonar y superar al medio natural que fue su primer apoyo de vida. Por otra parte, la Sociedad requiere la Autoridad para bien organizar la totalidad del Cuerpo Social, orientar a sus miembros en la edificación de su propio mundo particular, todo lo cual es un compromiso con el todo social que son sus miembros. Entonces, la Autoridad debe entenderse como facultad para dirigir y orientar, lo que implica que la Sociedad tenga una potencia o capacidad que le posibilite obligar a la obediencia. Tal potencia o capacidad es lo que llamamos el Poder. Todos eso elementos: la capacidad de los miembros de la Sociedad de actuar en su seno y de reforzar o modificar los comportamientos sociales; la condición dinámica del Cuerpo Social; su objetivo Bien Común General y la necesidad de la Autoridad para edificar la cultura, son fundamentos de la Política. Podemos ahora responder a la imaginada --pero muy posible-- pregunta que antes adelantamos sobre si existe una política cristiana y, en caso de existir, qué y para qué es dicha política. La lógica enseña que para definir o conocer algo sobre lo que se habla, es menester responder a cuatro preguntas fundamentales: ¿Existe eso? ¿Qué es eso? ¿Cómo es eso? y ¿Para qué es eso? Si existe una política cristiana: esta, no está necesariamente obligada a aceptar la fe cristiana pero sí debe adecuarse a su concepción, en cuanto a lo propiamente político, así como en lo económico y lo social. En primer lugar, una política cristiana es un modo de hacer política. Siendo irremediablemente social, el ser humano se sumerge en un particular modo de ser él mismo y de hacer algo en el seno de la sociedad a la que pertenece, sea por haber en ella nacido o por haber llegado e instalarse en ella definitivamente. Esta realidad le condiciona personalmente y le exige, en cierta manera, el actuar para algo en bien de la Sociedad toda y de, quienes como él mismo, son sus miembros. Ese aporte que --en general-- los miembros de la Sociedad sienten que cada cual debe realizar, es útil para reforzar los medios y mecanismos existentes en la misma; para introducir modificaciones de cualquier tipo que sean necesarias y pertinentes e, incluso, de ser necesario, para alterar radicalmente los mecanismos y comportamientos para en algún momento existentes. En segundo lugar, la razón de ser de toda Sociedad es alcanzar lo que se llama Bien Común General, que es su finalidad específica que, necesariamente incluye --o debe incluir-- una garantía de posibilidad, porque lo que trata es el permitir y posibilitar que cada uno de los integrantes o miembros de ese cuerpo social pueda realizar el alcance y logro de su propio destino personal. Por tanto, el Bien Común no es una noción intangible y abstracta, porque es inseparable del hecho social considerado como un todo y de cuyos actos es objeto principalísimo que significa una realidad eminentemente histórica, esto es, situada en un plano espacio-temporal preciso y específico. El Bien Común Social, que es General, es fundamental y de manera esencial, dinámica y no estática, como lo es la totalidad de la realidad social a la cual corresponda y la cual le fundamenta. Por otra parte, la Sociedad es, también y en tanto medio instrumental que hace posible la Cultura --entendida en general ésta como mundo que realiza el ser humano para deshacerse de su originario medio natural-- que, por tanto, requiere de a Autoridad en tanto disposición u organismo interno que hace posible la organización de todo el Cuerpo Social, al cual ha de orientar en la construcción de ese nuevo mundo propio y, a la vez, común, cual condición de posibilidad para hacer posible el progresivo desarrollo del Todo social y de sus miembros. Entonces, entendida la Autoridad como facultad de orientar y dirigir, necesariamente ello invoca una capacidad o potencia que pueda obligar a la obediencia. Tal capacidad o potencia es el Poder. Entonces, los anteriores elementos ya señalados: La capacidad de las personas miembros de la Sociedad y la exigencia de actuar para favorecer al todo social que son sus miembros; la condición inmanentemente dinámica del Organismo Social y de su objeto principal que es el Bien Común General; y la necesidad de la Autoridad que hace posible la edificación de la Cultura, la orientación facultativa y la obediencia al orden, son los fundamentos constituyentes de la relación política o, sencillamente, de la Política. El primer elemento constitutivo de la Política bien entendida es, pues, acción racional libre y responsable del todo social que son los miembros todos de la Sociedad, y los que estos señalan para ejercer las funciones de gobierno. El Bien Común General es el segundo elemento, que determina la finalidad de la Política y, al mismo tiempo, define el criterio de su legitimidad; el tercer elemento de la Política viene constituido por la Autoridad y su inherente Poder, lo que constituye el medio instrumental más importante para la plena realización social de la Política. En efecto, mediante la Autoridad es como la acción humana empeñada políticamente, puede obrar eficazmente para alcanzar el logro de su finalidad última. Resumamos: Política, en sentido lato, es toda relación que el ser humano establece con los entes que constituyen su mundo, que es su horizonte de sentido, cuyo objeto general es el contribuir al alcance del bien común. Por otra parte, la política está orientada a la determinación del gobierno de la Sociedad, para que ésta pueda alcanzar su objetivo específico, lo que se puede realizar de maneras directas o indirectas: sea ejercer directamente el gobierno de la Sociedad, o sea influir en éste. Política, entonces, es todo acto humano que se oriente a dirigir una determinada Sociedad, a través del ejercicio directo o indirecto de los supremos poderes de decisión del Estado, en sus diversos sectores, niveles e instancias. Aquel inolvidable ciudadano venezolano, Arístides Calvani, solía decir que la Política “es el arte de hacer posible lo que es menester”. Pedro Paúl Bello

jueves, 31 de julio de 2014

CONFLICTIVIDAD. Pedro Paúl Bello Desde siempre, la historia de la humanidad se ha caracterizado por conflictos entre los pueblos de la tierra. Tal parece que se trata de un síndrome cuasi inevitable que surge a partir de diferencias provenientes de ambiciones, costumbres y condiciones de vida en los territorios ocupados por unos y pretendidos por otros; rivalidades de gobernantes o sed insaciable de conquistas y de guerras. Mucho se ha escrito y se sigue escribiendo sobre este tema. En su grande y fundamental obra, “Estudio de la Historia”, Arnold J. Toynbee, dedicó numerosas páginas, no tanto con el propósito de estudiar y explicar las guerras sino, más bien, de presentar por qué ocurre que unos pueblos prosperan y otros no puedan hacerlo. De sus múltiples investigaciones, que prácticamente incluyen la historia de casi todas las naciones de este planeta, este autor demuestra que, en la inmensa mayoría de los casos, de las poblaciones que ocuparon tierras áridas con graves inconvenientes y obstáculos para vivir en ellas, surgieron pueblos, y después naciones, que alcanzaron altos niveles de desarrollo y prosperidad, mientras que aquellas que se instalaron en tierras fértiles, con espacios muy amplios para producir bienes agrícolas y disfrutar de climas benignos, se mantuvieron por largos tiempos en condiciones de atraso que, muchas, no han logrado superar aún en los tiempos presentes. El propio autor, Toynbee, meditando sobre este tema, escribe: “Hemos encontrado ahora, quizá, la verdad de que la facilidad es enemiga de la civilización.” Y prosigue: "¿Podemos dar un paso más allá? ¿Podemos decir que el estímulo para que la civilización se desarrolle positivamente, de un modo más vigoroso, está en proporción a la dificultad del contorno? Dejemos ahora de lado a nuestro autor. Cuando encuentro en la calle y converso, de manera fortuita o accidental, con personas no conocidas; o entre personas amigas en reuniones de cualquier tipo; surge rápidamente el tema sobre la situación presente que vivimos todos los venezolanos en nuestro país, pero este es un “fenómeno” no sólo de los tiempos actuales, sino que lo he experimentado en toda esta vida ya larga que, gracias a Dios, he vivido. Se trata del inevitable tema de una crítica que se funda en el pesimismo: ahora --como en el pasado reciente y en el más anterior-- es el señalar, como imposibilidad, que Venezuela pueda superar sus crisis, ahora del presente; pero que también lo he oído repetir en el cercano pasado y en el más remoto: “esto no tiene remedio”; “esto no tiene compón”; “el país se hunde”; “no hay gente valiosa”; “todo está perdido”; etc. etc. Ante tal pesimismo, simplemente prefiero adoptar el callar a menos que se me interpele directamente. Pero, sin embargo, reconozco que ese pesimismo demoledor de toda esperanza tiene, en el fondo, su razón de ser: el desconocimiento de la Historia. Muchas veces cuando me asaltan con semejantes interpelaciones, me viene a la mente y respondo: ¿Cuánto tiempo tiene este país con existencia autónoma, así como el resto de las naciones latinoamericanas? La pregunta desconcierta un poco a los cultivadores del pesimismo, paréntesis que aprovecho para hacerles recordar que sólo poco más de dos siglos tenemos como Nación libre e independiente, para inmediatamente preguntar: ¿Cuánto tiempo necesitaron las ciudades medievales que comenzaron a surgir después de la caída del Imperio Romano, hasta que se constituyeron como Naciones libres e independientes? Y, ante el silencio derivado del sorprendente desconcierto, les digo: ¡Once siglos y más! (excepto Inglaterra)… El pesimista, balbucea, habla entrecortado y dice: bueno, pero es que el venezolano… ¿El venezolano qué? le corto y pregunto: ¿acaso tú no eres venezolano? Soy venezolano como tú y como tantos que hemos nacido aquí, o han venido de otras tierras y se han establecido y radicado en este suelo. Venezuela fue engendrada el 19 de abril de 1810 y nació como Nación el 5 de julio de 1811, hace dos siglos y tres años. Ese tiempo es nada si se compara con el que tomó la parte más desarrollada de Europa para que naciera, en ese continente, el primer Estado Nación que fue Francia. Fue en la década final del siglo XV, en su tercer viaje y en 1498 cuando, desde la nave llamada Santa María, Cristóbal Colón y sus acompañantes descubrieron, pasando entre las bocas del Orinoco y el Golfo de Paria, parte de la costa oriental de lo que, después, fue llamada y es hoy Venezuela. Una vez descubierta esta tierra, la Corona española envío a ella a los conquistadores que confrontaron la resistencia que les presentó la diversidad de poblaciones indígenas; éstas luego fueron sojuzgadas al mismo tiempo que los conquistadores recorrían todo el territorio y fundaban ciudades como bases de sus asentamientos. Fue sólo hacia la cuarta década del siglo XVI (1540), cuando la conquista española logró asentarse definitivamente en el territorio, después venezolano, que habían descubierto y ocupado. Se habían establecido ya las llamadas “Encomiendas” para cultivar las tierras bajo la autoridad de los designados como encomenderos, y se habían comprado africanos vendidos por los traficantes, pues los indígenas no servían para cultivar las fértiles tierras. Cuando lo conquistadores descubrieron que eran engaños las historias sobre mitos como el inexistente “Dorado”, el inmenso lago de Parima o la ciudad ideal de Manoa, abandonaron las aventuras y establecieron las primeras disposiciones legales que facilitaran el aprovechamiento del territorio con la fundación de asentamientos productivos y siguieron fundando ciudades, algunas de las cuales desaparecieron pero otras se consolidaron hasta el presente. Las bases de ese desarrollo productivo fueron la Composición, que garantizaba la tenencia de la tierra; las Mercedes otorgadas por la Corona y las concesiones de la Corona para “adelantados”, señores de feudos en todo el espacio territorial, que definieron un modelo de dominación y posteriormente apareció el la Venezuela ya libre, el Caudillismo que sólo terminó cuando otro caudillo, más fuerte, Juan Vicente Gómez, se libró de aquellos “pares” y fundó el Estado Moderno venezolano. Antes, como lo escribió Juan Liscano, la Corona se interesó sólo de metales preciosos como oro y plata: “Más bien impuso monopolios e impuestos”. Contra esa larga dependencia reaccionó la aristocracia criolla: “las presiones radicales y jacobinas de la Sociedad lograron la ruptura total con la Madre Patria, sin darse cuenta del inmenso resentimiento del pueblo llano, el pequeño comercio, los esclavos, los pardos, contra precisamente esa aristocracia privilegiada.” Si bien la Corona dejó una importante legislación que recogió Don Tulio Chiossone en su importantísima obra “Formación Jurídica de Venezuela en la Colonia y la República”, y que contiene la legislación ordenada por Carlos II en 1680 recogida en la “Recopilación de las Leyes de los Reinos de Indias”, Venezuela fue abandonada por España al punto que no tuvo una Real Audiencia en su territorio sino hasta que ya muy tarde, cuando después creada la Capitania General de Venezuela, en 1777, fue establecida aquí una Real Audiencia, siendo hasta entonces dependiente de las de Bogotá o Santo Domingo. Pero la conflictividad había surgido en Venezuela desde el temprano siglo XVI cuando se inició una violenta crisis social que derivó de la exclusión, especialmente de los africanos y también de los indígenas, que se sublevaban por las pésimas condiciones de vida a las que estaban sometidos. El más resaltante fue el alzamiento del llamado Negro Miguel, quien en 1552 escapó de las minas de Buria, en el hoy Estado Lara, se auto-designó Rey, Reina su mujer y Principe un hijo. Atacó a Barquisimeto asesinando varias personas, pero en 1555 fue dominado y muerto por Diego de Losada. Luego fueron muchas más las sublevaciones, entre otras, la de 30 esclavos negros propiedad del Mariscal Castellanos en el Zulia que atacaron desde Maracaibo hasta Rio Hacha y también a Coro. En 1581 lo apresó Francisco de Cáceres. Esas sublevaciones se repitieron sin cesar en diferentes sitios, como la de fines del siglo XVI hasta 1603 que cubrió Margarita y Cumaná. En 1730, Andrés López del Rosario (Andreosote) desde Yagua, en el hoy Yaracuy, extendió sus acciones a Coro, Puerto Cabello, Barinas, Barquisimeto y Carora. Como eran tiempos de la muy mal querida “Compañía Guipúzcoana, muchos que la adversaban le respaldaron y apoyaron. También asaltos de los llamados “cimarrones” que eran los esclavos fugados que cubrían gran parte del territorio nacional. Se refugiaban en las llamadas “cumbes” de las montañas, a veces con indígenas, y allí realizaban sus ritos y asaltaban a todo aquel, hombres y mujeres, que pasaban por los caminos. Tengo la convicción de que la mayor causa de esta conflictividad, tan profunda y continua hasta el presente, tiene su origen principal en el hecho de que este país se inició sobre la base de una Sociedad Estamental, es decir, en las que sus pobladores fueron organizados en estamentos que separaban a los diversos sectores sociales que la constituían: 1º Los blancos españoles; 2º los blancos criollos; 3º Los sesterones, mestizos con 5 orígenes blancos y 1 indio o africano; 4º Los quinterones, mestizos con cuatro orígenes blancos y 2 indios o africanos; 6º Los cuarterones, mestizos con 3 orígenes blancos y 3 indios o africanos; 7º Los tercerones, mestizos con 2 orígenes blancos y 4 indios o africanos; 8º los segundones, mestizos con 1 origen blanco y 5 indios o africanos; 9º Los indígenas puros o mezclados con negros y 10º los negros puros. Estos estamentos o compartimientos eran incomunicables entre ellos. Tales separaciones constituían conflictos entre los grupos porque los de un nivel aspiraban alcanzar los niveles y beneficios del grupo inmediatamente anterior, pero se los negaban al grupo inmediatamente inferior. Como ejemplo, los blancos criollos pretendían tener los privilegios de los españoles, pero le negaban a los tercerones el que obtuvieran alguno de los suyos y, así sucesivamente. Esa Venezuela nació pues como una sociedad estamental, origen principal –pero no único- de su invertebración. De allí nació también la conflictividad y la negación continua del pasado, males que aún no hemos logrado superar, pese a las buenas intenciones de algunos pocos mandatarios y gobiernos que ha tenido este país, bendita tierra de gracia.

viernes, 16 de mayo de 2014

A veces pienso que escribir libros o artículos es perder el tiempo. Lo hago cuando constato que muchas personas, supuestas lectoras, o no leen en absoluto, o no creen lo que leen o, simplemente quieren probar si lo que afirma quien escribe es verdadero o válido. Esta reflexión, que no es nueva, viene a propósito del diálogo famoso de la semana pasada, cuya fama --perecedera como toda fama-- se esfumó apenas el señor usurpador se permitió hablar pístoladas, tan insulsas como el señor Insulsa, durante más de una hora. No me queda duda --cada vez más reforzada-- de que el difunto eterno lo designó así pensando "que se ... los venezolanos." Porque él sabía y muy bien conocía cuales eran sus incapacidades, y allí lo puso para ira de aquel que una vez llamó "ojitos lindos"... Pero la referencia primera sobre autores y lectores, antes del hecho, tiene que ver sobre los anuncios diversos publicados por los primeros, la mayoría de los cuales contenían una carga de escepticismo al respecto, que era para ser considerada con mucha seriedad. Pero no fue así: el viernes leímos todos, en la escasa prensa que nos queda, la gran emoción de autores de buenos artículos que decían y consideraban como exitoso al diálogo, en particular, porque nuestros opositores que asistieron al mismo le habían colgado los nueve ceros --para expresarlo en términos beisboleros-- a los malándros del equipo gubernamental. Y eso es verdad. Por ello me refocilé yo también. Pero la pregunta de fondo es: ¿sirvió o no sirvió el dicho diálogo para algo? La respuesta es: para que ayer sábado, masacraron, los esbirros de las guardias como se llamen y los colectivos, a miles de jóvenes que, protestando, ocuparon calles en casi todas las ciudades de Venezuela. El llamado diálogo fue, sola y únicamente, una pantomina, esto es, algo que no se cree ni se siente, solo montada para engañar a propios y extraños, presentando falsas ilusiones de cambios políticos y aperturas económicas, jamás ocurridas en estos más de quince años de caída vertical, de fraudes electorales continuos, de robos y atrocidades cometidas por funcionarios y agentes comprados por el régimen; en fin, de vergonzosa ocupación del país por efectivos militares de Cuba, así como instituciones de todo tipo, mientras los enfermos venezolanos mueren en hospitales desiertos de instrumentos para salvar vidas y recuperar la salud. Pero, como dice el refranero criollo, no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista. Así es. Sólo que en vez de cien, la salvación está en nuestras narices. Que sea esa la Voluntad Divina. Pedro Paúl Bello

miércoles, 7 de mayo de 2014

LA JUVENTUD HERÓICA DE VENEZUELA. Pedro Paúl Bello (www.paulbello.blogspot.com Si algo caracteriza nuestra historia libertaria y republicana, ello es el valor y el coraje que, desde los primeros tiempos de la constitución de Venezuela como Nación libre, han demostrado los jóvenes de esta bendita tierra de gracia. Desde tiempos, ya largos para venezolanos como yo, aprendimos todos en las aulas de la primaria escolar, a conocer y admirar aquel 2 de febrero de 1814 cuando un puñado de 85 jóvenes, que se formaban en el Seminario de Santa Rosa de Caracas, convocados por José Félix Ribas, salieron para la hoy ciudad de La Victoria a combatir las muy superiores fuerzas de Boves que comandaba Morales. Al aparecer el sol se inició un combate que iba a durar hasta el atardecer para culminar, luego de la llegada de tropas al mando de Campo Elias, con la derrota del ejército realista que hubo de batirse en retirada. La arenga inflamatoria del coraje de aquellos heroicos jóvenes, proclamada por Ribas antes de iniciarse la lucha, como lo recogiera Eduardo Blanco en su Venezuela Heroica, rezaba: “Lo que tanto hemos deseado se realizará hoy: he ahí a Boves. Cinco veces mayor es el ejército que trae a combatirnos; pero aún me parece escaso para disputarnos la victoria. Defendéis del furor de los tiranos la vida de vuestros hijos, el honor de vuestras esposas, el suelo de la patria; mostradles vuestra omnipotencia. En esta jornada que será memorable, ni aun podemos optar entre vencer o morir: ¡necesario es vencer! ¡Viva la República!.” La Batalla de la Victoria inició una tradición que habría de prolongarse hasta estos duros y penosos días que padece nuestra Patria. Lo que hacen los jóvenes de hoy no es otra cosa sino el corresponder, una vez más en nuestra accidenta historia, al ejemplo de valor y coraje que iniciaron los jóvenes héroes de La Victoria: Cada vez que un tirano usurpó el poder de esta República gloriosa, la juventud ha sido la primera en insurgir valerosamente y sin impetrarse: así fue contra tiranías como las de José Tadeo Monagas, Guzmán Blanco, Joaquín Crespo, Cipriano Castro, Juan Vicente Gómez y la más reciente de Marcos Pérez Jiménez. En el presente, les ha llegado el momento para hacerlo ante esta dictadura totalitaria que, sin dudas, puede ser la peor de todas las vividas, está vez caracterizada por la insólita condición de ser “conducida” por una persona que ni siquiera puede demostrar, al menos, el ser venezolano y, peor aún, apoyada y respaldada por el extranjero que, como lo dijo, en su tiempo, el tirano Cipriano Castro: “ha osado ollar el sagrado suelo de la Patria.” Esta dictadura totalitaria, si bien es obra de Hugo Chávez, éste tuvo la astucia y la inteligencia de saber disimularla y de retroceder cuando se percataba que había avanzado demasiado. Pero ni su formal sucesor, por el mismo Chávez designado, y ni si quisiera uno al menos de cuantos conforman la cúpula del desgobierno que tenemos, tiene al menos una micra de la astucia y visión política de aquél que llaman “comandante eterno”. Los jóvenes, hombres y mujeres que alimentan las esperanzas de todos los venezolanos; que han sabido demostrar ejemplarmente aquello de vencer o morir, nos han demostrado, a todos los venezolanos, aquello que en uno de sus hermosos poemas dijera Andrés Bello: “naturaleza da una sola Madre y una Patria sola”, y que, por tanto, esa Patria sola hay que defenderla con todas las fuerzas de nuestros espíritus, aunque en ello nos vaya la vida. Amigos, lo que tanto deseamos que se realice será un hecho pronto. ¡Viva la Juventud Venezolana! ¡Viva por siempre Venezuela!

sábado, 3 de mayo de 2014

PEDRO PAÚL BELLO, TÉCNICAS PARA ENVILECER PUEBLOS. Ravensbrück, el campo para concentrar mujeres en Alemania en la Segunda Guerra Mundial, comenzó a ser instalado a fines de 1938, cuando aún muchos en el mundo pensaban que la Guerra no sería posible. El nombre derivó de la zona en la que fue construido este campo, que era llamada Ravensbrück, sita a 90 km al norte de Berlín. Este campo fue puesto en servicio en mayo de 1939. No era sólo para mujeres adultas, jóvenes o niñas, pues existió allí un campamento más pequeño para hombres. En total, durante la guerra alojó a más de 132 mil mujeres y unos 20 mil hombres. La construcción del campo comenzó en noviembre de 1938 por orden de Heinrich Himmler, Reichsführer de las SS, y fue abierto el 15 de mayo de 1939 con el traslado de prisioneras del campo de concentración de Lichtenburg. En abril de 1941 se incorporó otro pequeño campo adyacente que fue destinado para hombres. En junio de 1942 se añadió el llamado "Campo preventivo de menores de Uckermark" para mujeres jóvenes y niñas. Hasta 1945 hubo varias ampliaciones más, de modo que el campo principal de mujeres abarcaba cinco filas de barracones en cuatro calles. Cada barracón estaba repleto, ocupado por muchas más personas de las que realmente cabían, dando lugar a un hacinamiento mortal y absoluto. Decenas de miles fueron asesinados, muertos por hambre, enfermedades y hasta utilizados para experimentos médicos, entre ellos la esterilización. Cercano el fin de la guerra, hacia finales de 1944, se instalaron cámaras de gas, calculándose que, al menos, murieron asfixiados con gas o de otra forma, más de 92 mil personas. El 30 de abril de 1945, las fuerzas rusas (Ejército Rojo), liberó a los prisioneros sobrevivientes. Esta introducción que hago hoy para quienes no vivieron aquél tiempo ni conocieron tales experiencias y, también, para quienes sí las conocieron pero a la distancia o, infortunadamente de cerca, a fin de que reflexionemos de manera personal y luego con otras personas, para tratar de entender la realidad de un mundo que, después de todos los avances, todas las ciencias, toda la infinidad de máquinas de trabajos y de juegos realizados por medio de las técnicas, podamos preguntar, no al Señor Redentor sino, como Él pregunto a Pedro, pero nosotros a nosotros mismos y al Mundo: ¿Quo vadis domine? ¿Qué son “técnicas de envilecimiento? El francés Gabriel Marcel definió ese concepto así: “entiendo por técnicas de envilecimiento al conjunto de procedimientos deliberadamente puestos en ejecución para atacar y destruir, en individuos pertenecientes a una categoría determinada, el respeto que puedan tener de ellos mismos para transformarlos, poco a poco, en un despojo que se tiene a sí mismo como tal.”(1)[1] La primera página del libro trae la siguiente reflexión: "Si el amor entre los hombres no fuera una vana retórica, si el cristianismo se practicase hoy sinceramente, puede asegurarse que la faz del mundo cambiaría de la noche a la mañana, y la mayor parte de los males que afligen y degradan a la humanidad desaparecerían. La responsabilidad del cristiano es enorme en este momento crucial del mundo. Del cristiano depende, en gran parte, que nuestro mundo se incline hacia el materialismo o que sea verdaderamente cristiano. El cristiano debe pesar a tiempo su responsabilidad." Los humanos, casi desde nuestra Creación por las manos de Dios, hemos comenzado nuestras relaciones con los hermanos con recurso al crimen mortal ¿Por qué será así? Marcel expresó que la crisis de su tiempo cercano al fin de la II Guerra Mundial era una crisis metafísica. Péguy acota que “la historia consiste, esencialmente, en pasar de largo ante los acontecimientos.” ¿Será, se pregunta Marcel, que es al filósofo digno de su misión a quien corresponde combatir fuerzas que neutralizan el pasado y suscitan el aislamiento personal del hombre contemporáneo? Pedro Paúl Bello