martes, 2 de octubre de 2012

VENEZUELA: LUCHA PERMANENTE POR LA LIBERTAD. La historia de nuestra Venezuela ha sido la de una perenne y permanente lucha por la libertad. Tal lucha fue iniciada por la rebeldía de los negros capturados en África y vendidos en nuestra tierra como esclavos, para, en cierta forma, sustituir a los aborígenes cuyos hábitos y costumbres no les capacitaban para realizar las tareas que les imponían los terratenientes venidos de la Metrópoli que descubrió y conquistó nuestro territorio, o aquellos blancos criollos que se hicieron propietarios de tierras. El conflicto se mezcló con la Guerra de Independencia, con la particularidad de que el sector social de esos niveles inferiores de nuestra organización social estamental, una vez liberados para participar en el conflicto por la Independencia, muy mayoritariamente se sumaron a la causa realista. El principal de sus capitanes resultó ser José Tomás Boves, el terrible enemigo de los patriotas quien, por cierto, inicialmente se había alineado bajo sus banderas, pero que, disgustado por un incidente personal, se pasó al bando contrario. Finalizada la Guerra, la tierra pasó, casi en su totalidad, a las manos de los generales victoriosos, muchos de los cuales asumieron el poder político y militar en los territorios de la anterior Provincia, para convertirse en una suerte de señores que se hicieron como auténticos feudales de sus dominios, en un modelo de poder político muy semejante al del Feudalismo que surgió en la Europa posterior a la caída del Imperio Romano, cuando surgieron las Ciudades Medievales que se unificaron en territorios después convertidos en Estados de Europa. En Venezuela, la Cuarta República --que no es como erradamente algunos piensan y muchos repiten, la de los años anteriores a la llegada del último tirano-- se inició en 1830, una vez disuelto el sueño máximo de El Libertador que fue la Gran Colombia, con los gobiernos de la llamada Oligarquía Conservadora, para terminar el 28 de marzo de 1864, concluida la Guerra Federal, cuando el Presidente de la República era Juan Crisóstomo Falcón, quien cambió la denominación de nuestro país por la de Estados Unidos de Venezuela (la cual permaneció hasta que, en 1953, Pérez Jiménez, a través del Congreso de entonces, recuperó el nombre de República de Venezuela, que fue la Quinta). Entre los luchadores por la libertad --que fueron muchos venezolanos-- destaca, sin dudas, el nombre, la figura y el gran prestigio de José Manuel Hernández, más conocido como “El Mocho Hernández” pues, en uno de sus múltiples combates, esta vez contra el gobierno de Guzmán Blanco, cayó en el sitio llamado “Los Lirios” (el 11 de agosto de 1887) y, alcanzado por bala, recibió heridas de machete en el cuello y en su mano derecha de la que perdió dos dedos, origen de su sobrenombre. Pues bien, el Mocho Hernández se hizo de un prestigio político casi mítico en todo el país, pues su vocación, desde joven de 17 años, fue la política, de cuyas múltiples aventuras y hazañas alcanzó a pagar el costo de muchas cárceles, persecuciones y exilios, si bien, durante breves períodos --a modo de paréntesis-- y tuvo importantes cargos pero, sobre todo, un inmenso prestigio en los sectores más populares del país de entonces: entre ellos, en 1887, mientras trabajaba en las minas del Callao, asumió el liderazgo para enfrentar al gobernador del Estado Bolívar, Pedro Mijares, quien había separado de dicho Estado la zona del Yuruary. El éxito lo alcanzó en 1889, cuando el Presidente J.P. Rojas Paúl, reintegró esa zona al Estado Bolívar y nombró a Hernández como Inspector de las obras de esa zona y, luego Presidente de una Junta encargada de ejecutar la carretera a San Félix. En 1890 presentó su candidatura por la Región, pero el Presidente Andueza Palacio la desconoció, por lo que apeló solicitando la nulidad de dicho acto y fue favorecido. Sin embargo, algo después fue apresado por cinco meses, por ser enemigo confeso de Andueza. Al quedar libre se unió a la subversión de Crespo y se alzó en Guayana como líder allí de la llamada “Revolución Legalista”, en abril de 1892. Cuando Crespo venció y asumió la Presidencia, Hernández tomó Ciudad Bolívar en agosto 1892 y fue designado Jefe Civil y Militar del territorio de Guayana que era parte del Estado. Pero en diciembre se marchó a los Estados Unidos, país en el que se interesó mucho por sus leyes y procedimiento electorales. Enfrentó y ganó allí un juicio que le interpuso un ciudadano norteamericano que se consideraba afectado por su decisión respecto al acueducto de Ciudad Bolívar cuyo contrato había sido anulado por Hernandez. El Mocho Hernández regresó al país en 1893 para presentarse como diputado por el Estado Bermúdez (que comprendía todo lo que hoy es Sucre y Monagas). Resultó electo, pero inmediatamente, en el Congreso, la nueva Constitución que había introducido Crespo, lo llevó romper su relación con el Crespismo. Regresó en 1895 a Nueva York y profundizó en sus conocimientos sobre las elecciones en ese país y, al regresar a Venezuela, en 1896, se empeñó en tratar que ese modelo democrático fuera adoptado. Presentó de nuevo su candidatura apoyado por el Partido Liberal Nacionalista de Alejandro Urbaneja, pero esta vez para Presidente, en las elecciones que se realizaron en setiembre 1º de 1897. El Gral. Crespo tenía ya su candidato que era Ignacio Andrade. Hernández había recorrido, prácticamente, todo el país celebrando “mítines” (palabra que se hizo general, originada del inglés meeting) que entusiasmaban mucho a las personas. Parecía que vencería en las elecciones, pero la gente de Crespo ocupó todas las mesas electorales y dio como resultado la victoria de Andrade hecho que, a ojos vista, era un monumental fraude pues el país, en casi su totalidad, se había volcado en favor de Hernández. Indignado por el fraude, Hernández, una vez más se alzó en Queipa. El propio Crespo salió para combatirlo, pero antes tuvo que enfrentar batalla en el sitio llamado “La Mata Carmelera” donde encontró la muerte. Sin embargo, el Mocho fue también derrotado por fuerzas del gobierno al mando del Gral. Ramón Guerra y apresado en la cárcel La Rotunda de Caracas, de donde fue liberado por Cipriano Castro después de su triunfo con la Revolución Libertadora en octubre de 1899. El propio Castro le designó Ministro de Fomento, cargo que ocupó por cuatro días pues se alzó de nuevo por no estar de acuerdo con el gabinete de Castro. Fue apresado y remitido al Castillo de San Carlos en el que permaneció dos años y luego fue liberado por Castro quien lo nombró como Plenipotenciario en Washington, pero criticó de nuevo al gobierno y renunció en 1904, quedándose en los Estados Unidos hasta 1909, cuando Gómez, que había tomado ya el poder, lo designó para el Consejo de Gobierno (popularmente llamado “El Pesebre”) pero en 1911 El Mocho renunció de nuevo y comenzó a escribir en contra de Gómez, por lo que tuvo que escapar estando en varios lugares de las Antillas, hasta que volvió a los Estados Unidos donde, con 68 años de edad, murió el 25 de agosto de 1921. Así fue José Manuel Hernández, ese venezolano singular, hijo de trabajadores isleños, quien había nacido en Caracas, en el barrio de San Juan, en 1853. Pero me ha llevado a escribir esto, el haber encontrado en las historias relativas a José Manuel Hernández, el Mocho, un muy interesante comentario de Carlos Fernández Cuesta, de fecha 22 de noviembre de 2002, quien allí señala que “El General José Manuel Hernández…fue el centro de un curioso fenómeno histórico. Fenómeno que en mi opinión --escribe Fernández Cuesta-- guarda un extraño vínculo con la lucha que libra hoy el poderoso movimiento democrático opositor al régimen “bolivariano”. Mas adelante, Fernández Cuesta señaló que “como militar el Mocho tuvo poca fortuna, y como político en pocas ocasiones pudo demostrarlo” pero que, pese a ello, “fue objeto de un inusitado prestigio” y continúa: “Es relevante que ese prestigio no se forjó, apoyado en subalternos y cómplices que desde el poder pudieran haberle abierto inescrupulosamente un porvenir político, método que por desgracia, no es poco frecuente ayer y hoy en nuestro medio.” Y añade que “notorio y sorprendente es, además, que el entusiasmo que despertó este personaje, se extendió sin excepción a todas las razas y clases sociales de la época”, pese, como lo indica el mismo Fernández, que ciertamente Hernández era extravagante tanto en guerras como en política, lo que le condujo siempre a derrotas y, a veces, hasta quedar en ridículo. “Sin embargo”, concluye, “ni sus reiterados y continuos fracasos bélicos, enlodaron su causa nacionalista y muchos menos el arraigo convertido en mitológica adoración que fue lo que llegaron a sentir las multitudes al pronunciar su nombre.” Continúa nuestro autor: “Algunos me reclamarán con razón y no excluyendo la furia, el por qué asocio al "Mocho" a la oposición democrática (recuerdo año 2002), siendo el General Hernández y su "Partido Nacionalista" un emblema de lo que pudo ser y no fue, de la derrota y las causas perdidas. No, el Mocho representa mucho más que eso, y si en su momento su nombre es la esperanza donde se agrupan los valores del idealismo y el desinterés contra los núcleos políticos corrompidos y el uni-personalismo salvaje de los caudillos, el "mochismo" no es sólo la tragedia que lo persiguió a él y al pueblo venezolano durante su vida y luego de su muerte, sino los anhelos irrenunciables de combate por la honradez, por el patriotismo, por la sinceridad y el progreso que permanecen como "elan vital" de nuestro pueblo y que de muchas maneras son la proyección de nuestra continuidad histórica y la razón de ser una nación a la que queremos amar y servir.” No te conozco, pero ¡Gracias por existir, Carlos Fernández de Cuesta! La democracia que marcha, hoy en las calles, y que sigue a Henrique Capriles Radonsky siendo radicalmente opositora, es el "mochismo" del siglo 21, pero renovado y firme, que mira hacia la victoria porque será suya, y sabe que está obligada, para siempre, a vencer restos del siglo XIX no suficientemente enterrados.

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